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Historia deI Imperio Bizantino. (1) (Ισπανικά, Spanish)

9 Σεπτεμβρίου 2009

konstantine and eleni

El Imperio de Oriente desde el Siglo IV a Comienzos del VI.

Constantino y el Cristianismo.

La crisis de cultura y de religión que atravesó el Imperio romano en el siglo IV, es uno de los fenómenos mas importantes de la historia universal. La antigua civilización pagana entró en conflicto con el cristianismo que, reconocido por Constantino a principios del siglo IV, fue declarado por Teodosio el Grande, a fines del mismo siglo, religión dominante y religión del Estado. Cabía suponer que aquellos dos elementos adversarios, representantes de dos conceptos radicalmente opuestos, no podrían, una vez iniciada la pugna, encontrar jamás ocasión de acuerdo y se excluirían el uno al otro. Pero la realidad mostró todo lo contrario. El cristianismo y el helenismo pagano se fundieron poco a poco en una unidad e hicieron nacer una civilización cristiano-greco-oriental que recibió el nombre de bizantina. El centro de ella fue la nueva capital del Imperio romano: Constantinopla.

El principal papel en la creación de un nuevo estado de cosas correspondió a Constantino. Bajo su reinado, el cristianismo fue reconocido, de manera decisiva, como religión oficial. A partir de la exaltación de aquel emperador, el antiguo Imperio pagano empezó a transformarse en Imperio cristiano.

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De ordinario, una conversión semejante se produce al principio de la historia de un pueblo o Estado, cuando su pretérito no ha echado aún en las almas cimientos ni raíces sólidas, o cuando no ha creado más que imágenes primitivas. En tal caso, el paso del paganismo grosero al cristianismo no puede crear en el pueblo o Estado crisis profundas. Pero todo sucedía diferentemente en el Imperio romano del siglo IV. El Imperio poseía una civilización de varios siglos de antigüedad que, para su época, había alcanzado la perfección en las formas del Estado, y tenía tras él un gran pasado cuyas ideas y maneras de ver estaban como enraizadas en la población. Este Imperio, al transformarse en el siglo IV en Estado cristiano, es decir, al emprender el camino de un conflicto con su pretérito, e incluso a veces de una negación del tal, debía por necesidad sufrir una crisis aguda y un trastorno profundo. Era evidente que el antiguo mundo pagano, al menos en el dominio religioso, no satisfacía ya las necesidades del pueblo. Habían nacido nuevas exigencias y nuevos deseos que, en virtud de una serie de causas múltiples y diversas, el cristianismo estaba en grado de satisfacer.

Si en un momento de crisis de extraordinaria importancia se asocia a ella una figura histórica que desempeñe en el caso un papel preponderante, es palmario que se forma siempre en torno a esa personalidad, dentro de la ciencia histórica, toda una literatura que trata de apreciar el papel exacto del personaje en su época, así como de penetrar en las capas subterráneas de su vida religiosa. Una figura así es, en el siglo IV, la de Constantino. Desde hace mucho él ha suscitado una literatura inmensa, acrecida sin cesar en estos años últimos a raíz de la celebración, en 1913, del decimosexto centenario de la promulgación del edicto de Milán.

Constantino pertenecía, por parte de su padre, Constancio Cloro, a una noble familia de Mesia. Nació en Naisos, hoy Nisch. Su madre, Elena, era cristiana, y debía ser canonizada más tarde. Elena había hecho una peregrinación a Palestina y, según la tradición, descubierto allí la verdadera cruz donde Jesucristo fuera crucificado.(1) Cuando, en el 305, Diocleciano y Maximiano, para ponerse de acuerdo con su propio sistema, abdicaron, retirándose a la vida privada, Galeno y Constancio Cloro, padre de Constantino, pasaron a ser augustos, el uno en Oriente y el otro en Occidente. Al año inmediato, Constancio Cloro murió en Bretaña y sus legiones proclamaron augusto a su hijo Constantino. A la vez estallaba en Roma una revuelta contra Galerio. La población rebelde y el ejército proclamaron emperador, en lugar de Galerio, a Majencio, hijo de Maximiano. Al nuevo emperador se agregó el viejo Maximiano, que recuperó el título imperial. Empezó una época de guerras civiles en cuyo transcurso murieron Maximiano y Galerio. Al fin, Constantino se alió a Licinio, uno de los nuevos augustos, y en 312, a las puertas de Roma, batió en una batalla decisiva a Majencio, quien, al tratar de huir, se ahogó en el Tíber, en las Piedras Rojas, cerca del Puente Mílvio. Los dos emperadores victoriosos, Licinio y Constantino, llegaron a Milán, donde, según la historia tradicional, promulgaron el famoso edicto de ese nombre, del que tendremos nueva ocasión de hablar. Pero la inteligencia entre ambos emperadores no duró mucho. Estallaron, pues, las hostilidades, concluidas con la victoria total de Constantino. El 324, Licinio fue muerto y Constantino se’ convirtió en dueño único del Imperio romano.

Los dos hechos del gobierno de Constantino que debían resultar de decisiva importancia para toda la historia ulterior, fueron el reconocimiento oficial del Cristianismo y el traslado de la capital desde las orillas del Tifa en a las orillas del Bosforo, desde la Roma antigua a la «Roma nueva», es decir, a Constantinopla.

Al estudiar la situación del cristianismo en la época de Constantino, los sabios han centrado su atención, de modo particular, en los dos puntos siguientes: la «conversión» de Constantino y el edicto de Milán.

La «Conversión» de Constantino.

Los historiadores y los teólogos se interesan, sobre todo, en los móviles de la «conversión» de Constantino. ¿Por qué se inclinó Constantino en ¿No habrá que mirar en ello sino un acto de prudencia política? ¿Vio Constantino en el cristianismo tino de los medios que podían servirle para alcanzar sus fines políticos, que no tenían con el cristianismo nada común? ¿O bien se unió Constantino a los cristianos impelido por una convicción interna? ¿Débense admitir a la vez en él móviles de carácter político y una inclinación de su ánimo hacia el cristianismo?

La principal dificultad que se halla en la resolución de este problema, radica en los datos contradictorios de las fuentes que nos han llegado. Constantino, tal como nos lo describe el obispo Eusebio, escritor cristiano, no se asemeja en nada al Constantino de Zósimo, escritor pagano. Por su parte, los historiadores, en sus estudios sobre Constantino, han encontrado materia lo bastante rica para que les haya permitido aportar a esta cuestión, ya eminentemente enmarañada, sus propios puntos de vista preconcebidos. El historiador francés G. Boissier, en su obra El fin del paganismo, estribe: «Por desgracia, cuando llegamos a esos grandes personajes que desempeñan los primeros papeles de la historia, cuando tratamos de estudiar su vida y hacernos cargo de su conducta, nos cuesta trabajo contentarnos con explicaciones naturales. Como tienen la reputación de ser personas extraordinarias, no queremos nunca creer que hayan obrado como todos. Buscamos razones ocultas a sus actos más sencillos; les atribuimos sutilezas, combinaciones, profundidades, perfidias, de que ellos no se dieron cuenta nunca. Eso sucede con Constantino: estamos tan convencidos de antemano de que su política hábil quiso engañarnos, que cuanto más se le ve ocuparse con ardor de las cosas religiosas y hacer profesión de ser creyente sincero, más tentados nos sentimos a suponer que era un indiferente, un escéptico, que, en el fondo, no se cuidaba de culto alguno y que prefería aquel de que podía obtener más ventajas.» (1)

(1) G. Boissier, La fin du paganisme, París, 1891, t. I, Págs. 24-25.

Durante mucho tiempo, la opinión general que se ha tenido de Constantino hallóse en muy alto grado influida por el juicio escéptico emitido por el célebre historiador suizo Jacobo Burckhardi en una brillante obra titulada Die Zeit Constantin’s des Grossen (1,a ed., 1853), Según Burckhardt, Constantino, estadista genial, dominado por la ambición y la pasión del poder, lo sacrificó todo al cumplimiento de sus planes universales. «Se trata a menudo — dice Burckhardt—de penetrar en la conciencia religiosa de Constantino y de erigir un cuadro de sus pretendidos cambios de opinión religiosa. Es trabajo perdido. Para un hombre de genio a quien la ambición y la pasión del poder no dejan un instante de tranquilidad, no puede haber cuestión de cristianismo o paganismo, de religión consciente o de irreligiosidad (unreligios). Una persona semejante está, en el fondo, desprovisto de toda religión. Suponiendo que se detenga, siquiera un momento, a examinar su verdadera conciencia religiosa, encontrará allí un fatalismo.» Este «espantoso egoísta,» después de comprender que en el cristianismo residía una fuerza universal, se sirvió de él en ese sentido, y en ello consiste el gran mérito de Constantino. Pero el emperador dio también al paganismo garantías precisas. Sería vano buscar en ese hombre inconsecuente el menor sistema: todo en él es casualidad. Constantino, ese «egoísta vestido de púrpura, hace converger todo, tanto sus propios actos como los que deja cumplir, hacia el acrecentamiento de su propio poderío.» Burckhardt se ha servido, como fuente principal, de la Vida de Constantino, de Eusebío, sin tener en cuenta que esta obra no es auténtica.(2) Tal es, resumida en pocas palabras, la opinión de Burckhardt. Este historiador, como puede verse, no deja lugar alguno a una conversión del emperador fundada en móviles religiosos.

(2) Jacobo Burckhardt, Die Zeit Constantin’s des Grossen, Leipzig, 183 Auflage, páginas 326, 369-70, 387, 407.

Fundándose en otras fuentes, el historiador religioso alemán Adolfo Harnack, en su estudio sobre Die Míssion und Ausbreitung des Christentums in der ersten drei Jahrhunderten (1.a ed., 1892), (1) llega a conclusiones análogas. Tras estudiar el estado del cristianismo en las provincias del Imperio, una a una, y aun reconociendo la imposibilidad de determinar la cifra exacta del número de cristianos, Harnack termina opinando que los cristianos, que eran en el siglo IV bastante numerosos ya representaban un factor considerable en el Estado, no constituían, sin embargo, la mayoría de la población. Pero, observa Harnack, «la fuerza numérica y la influencia real no se corresponden necesariamente. Una minoría puede gozar de gran influencia si se apoya en las clases dirigentes, y una mayoría tiene poco peso si se compone de las capas inferiores de la sociedad, o, sobre todo, de la población rural. El cristianismo fue una religión urbana: cuanto más grande era la ciudad, mayor era el número de cristianos. Esta fue una ventaja eminente. Además, el cristianismo había ya (en el siglo IV) penetrado profundamente en gran número de provincias hasta las campiñas. Lo sabemos así con exactitud en lo que atañe a la mayoría de las provincias del Asia Menor, Armenia, Siria, Egipto y parte de Palestina y también del África del Norte.» Después de distribuir las provincias del Imperio en cuatro grupos, según la mayor o menor expansión del cristianismo, y tras examinar el problema en cada uno de esos cuatro grupos, Harnack concluye que el centro principal de la Iglesia cristiana a comienzos del siglo IV, se encontraba en el Asia Menor. Constantino, antes de partir para la Galia, había pasado varios años en Nicomedía, la corte de Diocleciano. Las impresiones experimentadas en el Asia Menor, le acompañaron a Galia y se transformaron en una serie de convicciones políticas que implicaban conclusiones radicales: las de que podía apoyarse en la Iglesia y el episcopado, fuertes y poderosos los dos. Preguntarse si la Iglesia habría triunfado sin Constantino, es ocioso. Necesariamente había de llegar un Constantino. De década en década se hacía más fácil ser ese Constantino. En todo caso, la victoria del cristianismo en el Asia Menor era ya muy neta antes de la época constantiniana, y en otras provincias estaba muy bien preparada. No se necesitaban inspiración especial ni invitación celeste para realizar de hecho lo ya latente. Sólo hacía falta un político fuerte y penetrante, cuya naturaleza le llevase a la vez a ocuparse de asuntos religiosos. Ese hombre fue Constantino. Su rasgo de genio consistió en discernir con claridad y comprender bien lo que debía producirse q. (2)

(1) La cuarta edición, revisada y aumentada, apareció en alemán en 1925. (2) A. Harnack, Die Mission und Ausbreitung des Christcntems in den ersten drei Jahrhunderten, t. II, Leipzig, 1906, Pág. 276-285, 2 Auflage.

Así, según la opinión de Harnack, Constantino no era más que un político de genio. Por supuesto, el método estadístico es, respecto a aquella época, e incluso para quienes se contenten con aproximaciones, casi imposible de emplear. No obstante, los eruditos más serios reconocen hoy que, bajo Constantino, el paganismo representaba un elemento preponderante en la sociedad y el gobierno, mientras los cristianos eran sólo una minoría. Según los cálculos del profesor Bolotov y otros, «puede que hacia el tiempo de Constantino la población cristiana fuese igual a un décimo de toda la población, pero quizá sea incluso necesario reducir esta cifra. Toda afirmación según la cual los cristianos pudieran representar más de un diez por ciento de la población, sería arriesgada.»(1) Hoy casi todos están de acuerdo en que, en la época de Constantino, los cristianos eran minoría en el Imperio. En tal caso, la teoría política de las relaciones de Constantino y el cristianismo debe ser rechazada, en su forma integral al menos. Ningún gran estadista hubiese podido construir sus planes apoyándose en esa décima parte de la población, que además, como se sabe, no se mezclaba entonces en política.

Víctor Duruy, autor de la Historia de los romanos, habla, algo influido por Eurckhardt, del elemento religioso en Constantino como de «un honrado y tranquilo deísmo que formaba su religión.» Según Duruy, Constantino «comprendió muy pronto que el cristianismo correspondía por su dogma fundamental a su propia creencia en un Dios único.»(2) No obstante, las consideraciones políticas desempeñaban en él papel esencial: «Como Bonaparte procurando conciliar la Iglesia y la Revolución, Constantino se proponía hacer vivir en paz, el uno junto al otro, el antiguo y el nuevo régimen, aunque favoreciendo a este último. Había reconocido hacia qué lado marchaba el mundo y ayudaba al movimiento sin precipitarlo. Es una gloria para ese príncipe haber justificado que había puesto en su arco triunfal: Quietis custos… Hemos tratado de penetrar hasta el fondo del alma de Constantino, y hemos encontrado una política más que una religión.»(3) Por otra parte, analizando el valor de Eusebio como historiador de Constantino, Duruy observa: «El Constantino de Eusebio veía a menudo entre el cielo y la tierra cosas que nadie ha notado en ningún sitio.»(4)

(1) V. Bolotov, Conferencias sobre la historia de la Iglesia antigua (San Petersburgo, 1913), t. III, Pág. 29 (en ruso).

(2) V. Duruy, Historie des Romains, París, 1885, t. VII. p. 102.

(3) Ibíd., Págs. 8tí, 88,.519-20.

(4) Duruy, t. VI (1883), p. 602.

Entre las muy numerosas obras que aparecieron en 1913 con motivo de la celebración del decimosexto centenario del edicto de Milán, podemos mencionar dos, la de E. Schwartz y los Gesammelte Studien, editados por F. J. Dólger. Schwartz declara que Constantino, «con la diabólica perspicacia de un dominador universal, comprendió la importancia que la alianza con la Iglesia presentaba para la monarquía universal que proyectaba edificar, y tuvo el valor y la energía de realizar esa unión en choque con todas las tradiciones del cesarismo.»(1) Por su parte, E. Krebs, en los Studien editados por Dólger, escribe que todos los pasos dados por Constantino en favor de la Iglesia no fueron más que razones secundarias de la aceleración inevitable del testimonio de la Iglesia misma, cuya razón esencial residía en la fuerza sobrenatural del cristianismo.(2)

P.Batiffol defiende la sinceridad de la conversión de Constantino,(3) y más recientemente, J. Maurice, eminente especialista en la numismática de la época constantiniana, se esfuerza en aceptar como un hecho real el elemento milagroso de su conversión.(4)

G. Boissier advierte que «lanzarse en aquella época en brazos de los cristianos,» que constituían una minoría y no gozaban de papel político, hubiese sido para Constantino, como político, tentar lo desconocido. De modo que, si cambió de religión sin tener interés en ello, ha de reconocerse que lo hizo por convicción. (5)

M. F. Lot se inclina en favor de la sinceridad de la conversión de Constantino.(6) Y E. Stein expone las razones políticas que Constantino tenía para convertirse al cristianismo. Según el propio Stein, el hecho más importante de la política religiosa llevada a cabo por Constantino fue la adaptación de la Iglesia cristiana a los cuadros del Estado. Stein presume que Constantino estaba influido hasta cierto punto por la religión zoroástrica, que era estatal en Persia.(7)

Téngase en cuenta que no ha de verse en esa «conversión» de Constantino, que se hace remontar de ordinario a su victoria sobre Majencio, el 312 (8) su verdadera conversión al cristianismo, que no efectuó, como se sabe, sino en su lecho de muerte. Durante todo el tiempo de su gobierno permaneció siendo «Pontifex Maximus.»

(1) E. Schwartz, Kaiser Constantin una die Christliche Kirche, Leipzig-Berlín, 1913, p. 2.

(2) Konstantin der Grosse und seine Zeit, Gesammelte Studien, herausgegeben von F. J. Dólger (Freiburg i. Breisgau, 1913), pág. 2.

(3) P. Batiffol, La País constantinienne et le catholicisme (París, 1914), Págs. 256-259 (a propósito de la disertación de O. Seeck sobre ese tema).

(4) J. Maurice, Constantin le Grand. L’origine de la civilisation chrétienne (París, 1925), pág. 31-36.

(5) Boissier, t. I, pag. 28. V. H. Leclerq en el Diccionario de arqueología cristiana y de liturgia (París, 1914, t. III, col. 2669).

(6) F. Lot, La fin du monde antique, París, 1927, Págs. 32-38,

(7) E. Stein, Geschichte des spátromischen Reiches, t. I (Viena, 1928), Págs. 146-147. A propósito de las obras de Stein y Lot, V. un interesante artículo de N. Baynes en el Journal of Román Studies, t. XVIII, 1928, pág. 22o.

(8) Véase, por ejemplo, J. Maurice, Numismatique constantinienne, t. II (París, 1911), páginas VIII, XII, LVI. E. Stein, ob. cit., p. 146.

No llamaba al domingo de otra manera que «El Día del Sol» («Dies Solis»). Y con el vocablo de «Sol invicto» («Sol invictus») se entendía de ordinario en aquella época al dios persa Mitra, cuyo culto se había expandido prodigiosamente en todo el Imperio, tanto en Oriente como en Occidente, apareciendo a veces como rival serio para el cristianismo. Es un hecho patente que Constantino fue adepto del culto del Sol, culto hereditario en su familia.(1) Según toda probabilidad, aquel «Sol invictus» de Constantino era Apolo.(2) J. Maurice observa con justeza que «esa religión solar le aseguró una inmensa popularidad en el Imperio.(3)

Aun reconociendo la sincera inclinación de Constantino hacia el cristianismo, no se pueden dejar de lado sus miras políticas, las cuales debieron desempeñar papel esencial en su actitud ante el cristianismo, que podía serle útil de varias maneras. Adivinaba que el cristianismo, en el porvenir, sería el principal elemento de unificación de las razas del Imperio. «Quería — ha escrito el príncipe Trubetzkoi — reforzar la unidad del Estado dándole una Iglesia única.»(4)

(1) V. Maurice, ob. cit., t. II, pág. VIII.

(2) Ibid., t. II, p. XX-XLVIII.

(3) Ibid., t. II, pág. XII.

(4) E. Trubetzkoi, Los ideales religiosos y sociales del cristianismo occidental en el siglo V (Moscú, 1892), t. I, pág. 2 (en ruso).

Es común vincular la conversión de Constantino a la leyenda de la aparición de una cruz en el cielo durante la lucha entre Constantino y Majencio. Así se introduce un elemento milagroso como uno de los factores de la conversión. Pero las fuentes revelan una completa falta de acuerdo sobre este punto. El testimonio más antiguo acerca de una ocurrencia milagrosa se debe al cristiano Lactancio, quien, en su obra Sobre la muerte de los perseguidores (De mortibus persecutorum, 44) habla de una milagrosa inspiración recibida por Constantino en su sueño, intimándole a que grabara en sus escudos el celeste signo de Cristo («coeleste signum Dei»). Pero Lactancio no dice palabra de una verdadera aparición celeste vista por Constantino.

Otro contemporáneo de Constantino, Eusebio de Cesárea, habla dos veces de la victoria de aquél sobre Majencio. En su primera obra, la Historia eclesiástica, Eusebio observa solamente que Constantino, yendo en socorro de Roma, «invocó en su oración, pidiéndole alianza, al Dios del cielo, así como a su Verbo, el Salvador universal, Jesucristo.»(1) Como se ve, aquí no se trata de sueño ni de signo en los escudos. Finalmente, el mismo Eusebio, unos veinticinco años después de la victoria de Constantino sobre Majencio, y en otra obra (La vida de Constantino), nos da, apoyándose en las mismas palabras del emperador, que se lo «había contado y le afirmaba ser verdad bajo juramento,» el famoso relato en virtud del cual Constantino habría visto, durante su marcha sobre Roma, por encima del sol poniente, una cruz luminosa con las palabras (Triunfa con esto). Un terror súbito le acometió, así como a su ejército, siempre según la narración. A la siguiente noche, se le apareció Cristo con la misma cruz, ordenándole hacer elaborar un estandarte semejante a aquella imagen, y avanzar con él contra el enemigo. Por la mañana, el emperador relató el milagroso sueño, llamó artistas, les describió el aspecto del signo que se le había aparecido y les dio el encargo de fabricar un estandarte análogo, que se conoció con el nombre de lábaro, «labarum.» (2) Durante mucho tiempo, se ha discutido el origen de este vocablo. Ahora sabemos que «labarum» no es sino la deformación griega de «laurum,» en el sentido de «estandarte laureado, estandarte rematado en una corona de laurel.» (3) El lábaro representaba una cruz alargada. En la entena perpendicular a la lanza iba fijo un trozo de tela, que consistía en un tejido de púrpura cubierto de piedras preciosas, variadas y magníficas, insertas en la trama, donde brillaban los retratos de Constantino y de sus hijos. En la cúspide se hallaba sujeta una corona de oro en cuyo interior aparecía el monograma de Cristo. (4) A partir de la época de Constantino, el lábaro se convirtió en el estandarte del Imperio de Bizancio. Pueden hallarse también en otros autores alusiones a una visión milagrosa o a ejércitos aparecidos en el cielo a Constantino, como enviados por Dios en su socorro. Pero nuestros conocimientos sobre este episodio son tan confusos y contradictorios, que no cabe apreciarlos debidamente desde el punto de vista histórico. Hay incluso quienes piensan que aquel acontecimiento no se produjo durante la marcha contra Majencio, sino con anterioridad, antes de que Constantino hubiese salido de la Galia.

(1) Eusebio, Historia eclesiástica, IX, 9, 2. Comp. con Padres de Nicea y posteriores (Nicene and Post-nicene Fathers), 2.a serie, Nueva York, 1890, t. I, pág. 363.

(2) Eusebio, Vita Constantini, I, 28-30.

(3) H. Grégoire, L’étymologie de «Labarum,» Byzantion, IV (1929), Págs. 477-482; también Byz, XVI, s (1942-1943), pág. 555-556.

(4) La imagen del lábaro se encuentra en las monedas de la época de Constantino. Véase, por ej-, J. Mauríce, Numismatique constantinienne, París. 1908, t. I, plancha IX; t. n, páginas LIX-LX.

El Seudoedicto de Milán.

Bajo el reinado de Constantino el cristianismo recibió el derecho de existir y desarrollarse legalmente. Pero el primer edicto en favor del cristianismo se promulgó bajo el reinado de Galerio, quien, eso aparte, fue el más feroz perseguidor de los cristianos. Galerio publicó su edicto el año 311. En él concedía a los cristianos amnistía completa de la obstinada lucha que habían sostenido contra los decretos del gobierno, tendentes a reunir al paganismo los disidentes, y les reconocía la facultad de existir ante la ley. El edicto de Galerio declaraba: «Que los cristianos existan de nuevo. Que celebren sus reuniones, a condición de que no turben el orden. A cambio de esta gracia, deben rogar a Dios por nuestra prosperidad y por la del Estado, así como por la suya propia.» (1)

(1) Lactancio, De mort, pers., 34, 4-5. Eusebio, Hist. EcL, 17, 9-10.

Dos años más tarde, después de su victoria sobre Majencio, Constantino se encontró en Milán con Licinio, que había concluido antes un acuerdo con él. Según la historia tradicional, tras deliberar sobre los asuntos del Imperio, los dos emperadores publicaron un documento de gran interés al que se llamaba Edicto de Milán. El texto mismo del documento no ha llegado a nosotros. Se conserva en la obra del escritor cristiano Lactancio, en forma de un reescrito de Lícinio redactado en latín y dirigido al gobernador (praeses) de Bitinia. Eusebio, en su Historia de la Iglesia, inserta una traducción griega del original latino.

La cuestión de las relaciones entre los textos de Lactancio y Eusebio y el texto original, no llegado hasta nosotros, del edicto de Milán, ha sido muy discutida. Hace ya más de cincuenta años, el alemán Seeck había anticipado la inexistencia del edicto de Milán, afirmando que sólo existió el edicto de Galerio (311). Durante mucho tiempo, la ciencia histórica no compartió el criterio de Seeck. Hoy se ha probado que el documento conocido como «Edicto de Milán» es de Licinio y fue promulgado en Nicomedía (Bitinia), y no en Milán, en la primavera del 313. (1) Pero si el edicto de Milán, como tal, debe ser eliminado, en cambio es cierto que se celebraron en Milán conferencias entre los dos emperadores. «Allí se adoptaron las decisiones más importantes.»(2) En virtud de aquel edicto, los cristianos — así como los adeptos de todas las religiones — obtenían libertad plena y entera de abrazar la fe que habían elegido. Todas las medidas tomadas contra ellos quedaban abolidas. «A partir de este día — declara el edicto, — que aquel que quiera seguir la fe cristiana la siga libre y sinceramente, sin ser inquietado ni molestado de otra manera. Hemos querido hacer conocer esto a Tu Excelencia (esto es, el prefecto de Nicomedia) de la manera más precisa, para que no ignores que hemos concedido a los cristianos la libertad más completa y más absoluta de practicar su culto. Y, puesto que la hemos concedido a los cristianos, debe ser claro a Tu Excelencia que a la vez se concede también a los adeptos de las otras religiones el derecho pleno y entero de seguir su costumbre y su fe y de usar de su libertad de venerar los dioses de su elección, para paz y tranquilidad de nuestra época. Lo hemos decidido así porque no queremos humillar la dignidad ni la fe de nadie.» (3)

(1) H. Grégoire, La «conversión» de Constantin. Revue de l’Universite de Bruxelles, XXXVI (1930-1931). En 1928 N. Bayncs escribió en el Journal of Román Studies, XVIII, 2 (1928), pág. 228: Sabemos ahora que no existió edicto de. Milán. V. O. Seeck, Das sogenannte Edikt von Mailand, Zeits. für Kirchengeschichte, XII (1891), pág. 381-386. Del mismo autor: Geschichte des Urttergagns der antiken Welt, I, 2 (Berlín, 1897), pág. 495.

(2) A. Piganiol, L’empereur Constantin (París, 1932), pág. 97, num. 1.

(3) Lactancio, De mort. pers., 48, 4-8. Eusebio, Hist. Ecl. X, 5. 6-9.

El mismo edicto ordenaba entregar a los cristianos, sin exigirles indemnización ni promover la menor dificultad, las casas particulares e iglesias que se les habían confiscado.

De este texto del edicto se desprende que Licinio y Constantino reconocieron a la religión cristiana los mismos derechos que a todas las otras religiones, incluso el paganismo. En la época de Constantino todavía no podía tratarse de un reconocimiento completo del cristianismo, como la religión verdadera. No cabía más que presentirlo. Los dos emperadores juzgaron que el cristianismo era compatible con el paganismo, y la extrema importancia de su acto reside, no sólo en el permiso de existir que dio al cristianismo, sino también en la protección oficial que le concedió. Este momento es esencial en la historia del cristianismo primitivo.

Ese edicto, pues, no nos da el derecho de afirmar, como lo hacen ciertos historiadores, que el cristianismo, bajo Constantino, fuera puesto por encima de todas las demás religiones, que sólo habrían desde entonces sido toleradas (A. Lebediev), (1) ni que el Edicto, lejos de establecer la tolerancia religiosa, proclamara la supremacía del cristianismo (N. Grossu). (2)

Así, cuando se promueve, fundándose en el edicto de Nicomedia, la cuestión de si, bajo Constantino, el cristianismo gozó de derechos paritarios o preponderantes, estamos obligados a inclinarnos en pro de la paridad.

El profesor Brilliantov tiene toda la razón cuando escribe, en su notable obra sobre El emperador Constantino el Grande y el edicto de Milán de 313: «En realidad puede afirmarse, sin exageración alguna, lo que sigue: la gran importancia del edicto de Milán subsiste, incontestable, pues tiene la de un acta que pone fin decisivamente al estado ilegal de los cristianos en el Imperio y que, proclamando una libertad religiosa plena y entera, hace entrar «de jure» el paganismo, de su condición anterior de única religión oficial, en la línea de todas las otras religiones.»(3) Un impresionante testimonio de la libre coexistencia del cristianismo y del paganismo, nos lo dan las monedas.(4)

(1) A. Lebediev, La época de las persecuciones cristianas (. San Petersburgo. 1904), Págs. 300-301 (en ruso).

(2) N. Grossu, El edicto de Milán, pág. 29-30, en las Publicaciones de ln Academia de teología de Kiev, 1913 (en ruso).

(3) Brilliantov, El emperador Constantino el Grande y el edicto de Milán (Petrogrado, pág. 157, en ruso). V. M. A. Huttmann, The Establishement of Christianity und the Proscription of Paganism, Nueva York, 1914, pág. 123.

(4) Maurice, ob. cit., t. II, pág. LV. — Sin embargo, nótese que en las medallas conmemorativas de Claudio II, Constantino Cloro y Maximiano Hércules, mandadas labrar por Constantino en 314, no se permite representar rito alguno relacionado con la consagración pagana de los divi; que la cruz, como marca monetaria, es empleada por la época de Tarrasa.. en el mismo año; y que en una serie acuñada en Panonia, de 317 a 320, figuran dos monogramas cristianos en el casco del emperador. Además, desde la victooria definitiva sobre Licinio (324), el lábaro aparece siempre en las monedas y el emperador aparece en actitud orante, alzados los ojos al cielo; mientras se sabe que prohibía que su imagen se conservara en los templos paganos (Vid. F. Lot, ob. cit., págs. 37-38, precisamente basándose en los de J. Maurice.) (N. del R.)

La Actitud de Constantino ante la Iglesia.

Pero Constantino no se satisfizo con dar a los cristianismos derechos estrictamente iguales, como hubiese hecho con una doctrina religiosa cualquiera.

El clero cristiano («clerici») obtuvo todos los privilegios que gozaban los sacerdotes paganos. Quedó exento de impuestos, cargos y servicios estatales que hubiesen podido impedirle el ejercicio de sus deberes religiosos (derecho de inmunidad). Se dio a todos el derecho de testar en favor de la Iglesia, la cual recibía, por tanto, «ipso facto,» el derecho a heredar. Así, a la vez que se proclamaba la libertad religiosa, las comunidades cristianas quedaban reconocidas en su personalidad civil. Este último hecho creaba para el cristianismo una situación nueva desde el punto de vista jurídico.

Se concedieron muy importantes privilegios a los tribunales episcopales. Se dio a todos el derecho de transferir, de acuerdo con la parte adversaria, cualquier clase de asuntos civiles a los tribunales episcopales, aunque el asunto hubiese sido entablado ya ante un tribunal civil. A fines del reinado de Constantino todavía se ensanchó más la competencia de los tribunales episcopales. Las decisiones de los obispos habían de ser reconocidas, sin apelación, en asuntos concernientes a personas de toda edad. Todo asunto civil podía ser trasladado a un tribunal episcopal en cualquier momento del proceso, incluso contra la voluntad de la parte adversaria. Los jueces civiles habían de ratificar los veredictos de los tribunales episcopales.

Estos privilegios judiciales de los obispos, aunque realzasen su autoridad a los ojos de la sociedad, eran para ellos una pesada carga y aumentaban sus responsabilidades. La parte perdedora no podía dejar de guardar aún resentimiento o descontento contra la sentencia episcopal, que no por inapelable estaba menos sujeta a error. Además, las funciones seculares de los obispos debían introducir en los medios eclesiásticos numerosos intereses profanos.

La Iglesia recibió del Estado donaciones muy ricas, en forma de propiedades y de gratificaciones materiales (plata y trigo). Los cristianos no estaban obligados a participar en las fiestas paganas. En fin, bajo la influencia del cristianismo, se aplicaron algunas mitigaciones a los castigos de los criminales.

El nombre de Constantino está vinculado con la fundación de gran número de iglesias en todas las provincias de su inmenso Imperio. A Constantino se atribuye la construcción de las basílicas de San Pedro y de Letrán, en Roma. Pero, en ese sentido, su atención se fijó sobre todo en Palestina, donde, según se decía, su madre había descubierto la verdadera Cruz. En Jerusalén, en el lugar donde Cristo fuera enterrado, se edificó la iglesia del Santo Sepulcro y sobre el Monte de los Olivos el emperador hizo levantar la iglesia de la Ascensión. En Belén se construyó la iglesia de la Natividad. Constantinopla, la nueva capital, y sus arrabales, quedaron ornados con numerosas iglesias, las más magníficas de las cuales fueron la de los Apóstoles y la de Santa Irene. Bajo el reinado de Constantino se alzaron muchas iglesias en otros lugares, como en Antioquía, en Ni-comedia, en África del Norte, etc. (1)

(1) Respecto a Nicomedia, v. J. Solch, Historisch-geographische Studien über bithynische Siedlungen. Nikomedia, Nicaa, Prusa (Byzantinische-Neugriechische Jahrbücher, t. I, 1920 pá-267-68. para África, véase S. Gsell, Les Monumento antiques de I’Algerie (París, 1901), tomo II, pág. 239.

Después del reinado de Constantino se desarrollaron tres focos importante cristianismo: la Roma cristiana en Italia, donde subsistieron por algún tiempo simpatías y tradiciones paganas; la Constantinopla cristiana, que pronto fue una segunda Roma a los ojos de los cristianos de Oriente, y Jerusalén, que conoció con Constantino un período de renovación. Desde su destrucción por Tito, el 70, y la fundación sobre su emplazamiento de la colonia romana de Elia Capitolina, bajo el reinado de Adriano, en el siglo II, la antigua Jerusalén había perdido su importancia, aunque fuese la cuna del cristianismo y el centro de la primera predicación apostólica. Políticamente, la capital de la provincia no era Elia, sino Cesárea.

Las iglesias edificadas durante este período en los tres centros mencionados se levantaron como símbolos del triunfo de la Iglesia cristiana sobre la tierra. La Iglesia cristiana iba a convertirse en Iglesia del Estado. La nueva concepción del reino terrestre estaba, por lo tanto, en oposición directa con la concepción inicial del cristianismo, «cuyo reino no era de este mundo,» y con la del próximo fin del mundo mismo.(1)

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