En español

Historia del Imperio Bizantino. (3) (Ισπανικά, Spanish)

14 Σεπτεμβρίου 2009

byzantine2

Continuación de la (2)

Los Sucesores de Constantino

(Constancio, 337-361).

Los hijos de Constantino el Grande, Constantino II, Constancio y Constante, empezaron, después de la muerte de su padre, por gobernar juntos el Imperio, con título de augustos. Pero la enemistad existente entre los tres sucesores de Constantino se complicó más por el hecho de que el Imperio tenía que sostener una guerra ruinosa contra persas, y germanos. Las decisiones entre los tres augustos no estallaron solo a propósito de cuestiones políticas, sino también religiosas. Mientras Constantino y Constante eran partidarios de los niceanos, Constancio, continuando y desarrollando el estado de ánimo religioso de los últimos días de su padre, se declaró abiertamente en favor de los arríanos. En el curso de las guerras civiles que siguieron, tanto Constantino II como. algunos años más tarde, Constante, perecieron de muerte violenta. Constancio quedó al fin como único emperador.

Leer más…

Partidario convencido del arrianismo, Constancio favoreció a los arríanos de manera persistente, en detrimento del paganismo, que bajo su gobierno sufrió numerosas restricciones. Uno de los edictos de Constancio, declara: «Que cese la superstición y que la locura del sacrificio sea abolida.» Pero los templos paganos subsistían, en su integridad, fuera del recinto ciudadano. Algunos años después se publicó un edicto ordenando la clausura de los templos paganos. Quedaba prohibido acudir a ellos y sacrificar no importaba en qué lugar o ciudad del Imperio, so pena de muerte y confiscación de bien otro edicto, leemos que la pena de muerte estaba suspendida sobre la cabeza de cualquiera que sacrificase a 1os ídolos o los venerara. Cuando Constando, para festejar el vigésimo aniversario de su gobierno, se encamino por primera vez a Roma. ordenó, después de haber visitado numerosos monumentos de la antigüedad en compañía de senadores que continuaban siendo paganos, que se quitase del Senado el altar de la Victoria, el cual personificaba para el paganismo toda la pasada grandeza romana. Este hecho produjo profunda impresión en todos los paganos, quienes comprendieron que llegaban los últimos días de su religión. Bajo Constancio, aumentaron aun más las inmunidades del clero. Los obispos fueron declarados independientes en absoluto de los tribunales civiles.

Sin embargo, a la vez que se tomaban tan rigurosas medidas contra el paganismo, éste seguía en pie, no por sus propias fuerzas, sino merced a cierta protección que encontraba en el gobierno. Así, Constancio dejó subsistir en Roma las vestales y los sacerdotes oficiales. En uno de sus edictos, ordenó la elección de un «sacerdos» para África. Hasta el fin de su reinado ostentó el título de «Pontifex Maximus.»

Pero en conjunto, el paganismo sufrió, bajo Constancio, toda una serie de medidas restrictivas, mientras el cristianismo — si bien bajo forma arriana se desarrollaba y afirmaba.

La política extremamente arriana de Constancio dio nacimiento a cierto número de conflictos con los necéanos. La larga lucha de Constancio y de Atanasio de Alejandría, el célebre defensor del seísmo, se caracterizó por un ensañamiento particular. Cuando Constancio murió, el 361, ni niceanos ni paganos lloraron sinceramente al emperador difunto. Los paganos se regocijaron del advenimiento de Juliano, partidario declarado del paganismo. Los sentimientos que despertó en el partido ortodoxo la muerte de Constancio, pueden juzgarse por las palabras siguientes de Jerónimo: «El Señor despierta y domina la tempestad. Muerta la bestia, la tranquilidad renace.»

Los solemnes funerales de Constancio — que sucumbió en Cilicio, en el curso de su campaña contra los persas — se celebraron en presencia del nuevo emperador Juliano, en la iglesia de los Santos Apóstoles, construida por Constantino el Grande. El Senado puso al emperador difunto en el número de los dioses.

Juliano el Apóstata (361-363).

Al nombre de Juliano está indisolublemente ligada la última tentativa de reconstitución del paganismo en el Imperio.

La personalidad de Juliano es interesantísima. Ha atraído desde hace mucho la atención de sabios y literatos y sigue subyugándolos en nuestra época. Se ha escrito enormemente sobre Juliano. Incluso han llegado hasta nosotros las obras del propio Juliano, ofreciéndonos una documentación única para juzgarle. El fin principal de quienes han escrito sobre él ha sido comprender y explicar a aquel entusiasta «heleno» que, con entera fe en el éxito y justeza de su obra, meditó, en la segunda mitad del siglo IV, hacer renacer el paganismo y colocarlo en la base de la vida religiosa del Imperio.

Juliano había recibido muy buena instrucción. Perdió muy pronto a sus padres y no conoció a su madre, que murió a pocos meses de nacer él. El eunuco Mardonio, de origen escita, hombre muy versado en literatura y filosofía griegas y que había enseñado a la madre de Juliano los poemas de Homero y de Hesiodo, convirtiéndose en preceptor del muchacho. Mientras Mardonio instruía a Juliano en literatura antigua, Ensebio, obispo de Nicomedia y después de Constantinopla, arriano convencido, así como los eclesiásticos que le rodeaban, iniciaban al joven en el estudio de la Santa Escritura. De este modo, Juliano, según las palabras de un historiador, recibió a la par dos educaciones diferentes, que se instalaron, cercanas, pero sin tocarse, en su espíritu. Juliano fue bautizado. Más tarde, recordaba aquel tiempo como una pesadilla que le era menester olvidar. La juventud de Juliano transcurrió en una larga inquietud. Constancio veía en él un rival posible y le sospechaba pensamientos ambiciosos. Ora le mantenía en provincias en una especie de destierro, ora le hacía ir a la capital, para tenerle bajo su mirada. Juliano no ignoraba que varios de sus parientes habían perecido de muerte violenta por orden de Constancio, y debía temer a diario por su vida. Tras una forzada estancia de varios años en Capadocia, donde continuó, bajo la dirección de Mardonio, que le acompañaba, el estudio de los autores antiguos y donde probablemente adquirió un conocimiento profundo de la Biblia y del Evangelio, Juliano fue enviado por Constancio, para que terminase sus estudios, primero a Constantinopla y luego a Nícomedia, lugar en que por primera vez se patentizó en él su inclinación al paganismo.

En aquella época enseñaba en Nicomedia el mejor retórico del tiempo, Libanio, auténtico representante del helenismo. Libanio no conocía ni quería conocer la lengua latina, a la que trataba con desdén. Despreciaba el cristianismo y sólo en el helenismo veía la razón de todas las cosas. Su entusiasmo por el paganismo era ilimitado. Sus conferencias alcanzaban gran éxito en Nicomedia. Constancio, que le había enviado a Juliano, quizá se diera cuenta de la imborrable impresión que debían producir en un joven los discursos apasionados de Libanio, porque prohibió a Juliano seguir los cursos del célebre retórico. Juliano no transgredió formalmente la prohibición del emperador, pero estudió las obras de Libanio, se instruyó de sus cursos por intermedio de otros oyentes y de tal modo se apropió el estilo y manera de escribir de Libanio, que más tarde pudo pasar por discípulo de él. También en Nicomedia principió Juliano a apasionarse por la doctrina oculta de los neoplatónicos. que en aquella época se presentaba como una doctrina del conocimiento de la vida futura y de la evocación de los muertos, con ayuda de determinadas fórmulas de magia, no limitándose sólo a la evocación de simples muertos, sino de divinidades incluso (teurgia: θεουργια). El sabio y filσsofo Máximo de Efeso ejerció en ese sentido gran influencia sobre Juliano.

Pasada la época peligrosa en que su hermano recibió la muerte por orden de Constancio, Juliano fue llamado a la corte de Milán para justificarse, y en seguida desterrado a Atenas. Esta ciudad, célebre por su grandioso pasado, ofrecía en la época de Constancio un aspecto provinciano y bastante triste. Sin embargo, una famosa escuela pagana recordaba aún allí los siglos pasados. Juliano encontró vivo interés en su estancia en Atenas. En una de sus cartas posteriores, declaraba «acordarse con alegría de los discursos áticos… de los jardines, de los arrabales de Atenas, de las avenidas de mirtos y de la humilde casa de Sócrates.»(1) Según la mayoría de los historiadores, durante esa estancia en Atenas, Juliano fue iniciado por el hierofante en los misterios de Eleusis. Ello fue, con expresión de Boíssier, una especie de bautismo del nuevo convertido.(2) Ha de hacerse notar que, en nuestros días, algunos historiadores ponen en duda la conversión eleusiana de Juliano. (3)

El año 355, Constancio declaró cesar a Juliano, le casó con su hermana Elena y le envió a mandar las legiones de Galia, donde se mantenía una cruenta lucha, erizada de dificultades, contra los invasores germanos que devastaban el país, destruían las ciudades y asesinaban a los pobladores. Juliano salió con honor de la ingrata tarea, e infligió a los germanos junto a Argéntotarum, hoy Estrasburgo, una sangrienta derrota. La residencia principal de Juliano en Galia fue Lutecia («Lutetía Parísiorum,» más tarde París). Era ésta entonces una pequeña ciudad situada en una isla del Sena que ha conservado hasta nuestros días el nombre de «Cité» («Cívitas») y que estaba unida a las dos orillas del río por dos puentes de madera. En la margen izquierda del Sena, donde había ya gran número de casas y jardines, se hallaba un palacio, construido probablemente por Constancio Cloro y del cual se ven aún vestigios cerca del museo de Cluny. Juliano eligió para su residencia ese palacio. Amaba a Lutecia, y en una de sus cartas posteriores a aquella época asegura recordar el invierno pasado en su «querida Lutecia.» (4)

Los germanos fueron rechazados allende el Rin. «Pasé tres veces el Rin cuando era cesar — escribe Juliano — y exigí de los bárbaros transrenanos veinte mil rehenes… Con ayuda de los dioses, me apoderé de todas sus ciudades, unas cuarenta…»(5) En su ejército, Juliano gozaba de gran popularidad.

(1) Juliano Imp., Quae supersunt omnia, ed. Hertlein (1876), t. I, p. 328-335. V. The Works tof the Emperor Julián, traduc. inglesa de W. C. Wright (1913), t. II, p. 217.
(2) Boissier, Le fin du paganisme, t. I, p. 98. V. J. Geffcken, Kaiser Julianus (Leipzig, 1914), p. si-22 (el autor no duda de la iniciación). Comp. G. Negri, Juliano el Apostata, traducido por la duquesa Litta-Visconti-Arese (Nueva York, 1905), t. I, p. 47.
(3) Por ej., AHard, t. I, p. 330. Sobre la juventud de Juliano. Ver N. H Baynes, The Early Life of Julián the Apostate (Journal of Helleníc Studies, t. XLV (1925), p. 251-254).
(4) Juliano, Opera, t. II, p. 438. Wright, t. II, p. 429.
(5) Juliano, Opera, t. I, p. 361. Wright, t. II, p. 273.

Constancio veía con envidia y desconfianza los éxitos de Juliano. Al entrar en campaña contra los persas exigió a Juliano que le enviase de Galia legiones auxiliares. Las legiones galas se sublevaron y, alzando a Juliano sobre un pavés, le proclamaron augusto. Juliano pidió a Constancio que reconociese el hecho consumado. Constancio rehusó. Era inminente una guerra civil, pero en aquel momento murió Constancio. En el año 361, Juliano fue proclamado emperador en toda la extensión del Imperio. Los partidarios de Constancio sufrieron a manos del nuevo emperador crueles persecuciones y graves castigos.

Juliano, partidario decidido del paganismo, se había visto obligado a ocultar sus opiniones religiosas hasta la muerte de Constancio. Al pasar a dueño absoluto, resolvió realizar ante todo su mayor deseo: la reconstitución del paganismo. En las primeras semanas de su exaltación, publicó un edicto al respecto. El historiador Amiano Marcelino habla de ese grave momento en los términos siguientes: «Desde su primera juventud había Juliano sentido la más viva inclinación por los dioses. A medida que crecía, había ardido más en el deseo de restaurar la antigua religión. No obstante, impelido por el temor, no cumplía los ritos paganos sino en el mayor secreto. Pero, tan pronto como Juliano se dio cuenta que con la desaparición de la causa de sus temores recibía la plena posibilidad de obrar a su albedrío, desveló sus pensamientos secretos, y, con un edicto claro y formal, ordenó abrir los templos y sacrificar en honor de los dioses.» (1)

(1) Amiano Marcelino, Res Gestae, XXII, 5, 1-2.

Este edicto no fue una sorpresa para nadie. Todos conocían la inclinación de Juliano hacia el paganismo. La alegría de los paganos fue inmensa; para ellos, la restauración de su religión, no sólo significaba la libertad, sino la victoria.

El edicto de Juliano no se aplicó de la misma manera en todas las partes del Imperio, ya que en la occidental había muchos más paganos que en la oriental.

En tiempos de Juliano no existía en Constantinopla un solo templo pagano. Erigirlos nuevos en corto término era imposible. Entonces Juliano hizo un sacrificio solemne, probablemente en la basílica principal, destinada en su origen a paseos y conferencias y ornada, desde tiempo de Constantino, de una estatua de la Fortuna. Según testimonio del historiador religioso Sozomeno, se produjo la siguiente escena: un anciano ciego, conducido por un niño, se acercó al emperador y le trató de impío, de apóstata, de hombre sin fe. Juliano le respondió: «Eres ciego y no será tu Dios de Galilea el que te devuelva la vista.» «Gracias doy a Dios — dijo el viejo — de haberme privado de ella. Eso me ha permitido no ver tu impiedad.» Juliano no contestó a esta insolencia y continuó sacrificando. (1)

Al querer restaurar el paganismo, Juliano comprendía la imposibilidad de hacerlo revivir bajo sus formas antiguas, puramente externas. Era preciso reorganizarlo y mejorarlo, a fin de crear una fuerza capaz de entrar en lucha con la Iglesia cristiana. Para ello, el emperador decidió tomar a la organización cristiana, que conocía bien, algunos de sus rasgos. Organizó, pues, el clero pagano sobre el modelo de la jerarquía de la Iglesia cristiana. El interior de los templos paganos se adornó a imitación de los cristianos. En los templos debían celebrarse reuniones donde se leería el evangelio de la sapiencia helenística (de modo análogo a las prédicas cristianas); se introdujo el canto en el oficio pagano; se exigió de los sacerdotes una vida irreprochable; se estimuló la beneficencia. Las faltas a los deberes religiosos eran sancionadas con privación de las comunicaciones religiosas, penitencia, etc. En una palabra, para reanimar, adaptar y revivificar el paganismo restaurado, Juliano se volvió a la fuente que aborrecía con todas las fuerzas de su alma.

El número de ofrendas animales llevadas a las aras de los dioses fue tan grande que suscitó las burlas de los mismos paganos. El emperador participaba activamente en los sacrificios. No desdeñaba las ocupaciones humildes. Según Líbanio, corría en torno al altar, encendía el fuego, manejaba el cuchillo, degollaba a las aves, y sus entrañas no tenían secretos para él. (2) Las hecatombes de bestias inmoladas en los sacrificios abrieron camino a un epigrama dirigido antaño a otro emperador, el filósofo Marco Aurelio: «Los toros blancos saludan a Marco Cesar. Si vuelve otra vez victorioso, nosotros pereceremos.» (3)

Este triunfo aparente del paganismo tuvo repercusiones en la situación de los cristianos en el Imperio. Al principio pareció que no amenazaban al cristianismo graves peligros. Juliano invitó a acudir a palacio a los jefes dé las diversas tendencias que se habían señalado en el cristianismo, y les declaró que de allí en adelante no habría guerras civiles y cada uno podría seguir su fe sin peligros ni molestias. Uno de los primeros actos del gobierno de Juliano fue una declaración de tolerancia. A veces los cristianos reanudaban sus querellas en presencia del emperador, quien les decía: «Escuchadme como me han escuchado los alemanes y los francos.» (4) A poco se promulgó un edicto llamando del destierro a todos los obispos exilados bajo Constancio, de cualquier opinión religiosa que fuesen, y los bienes que se les habían confiscado les fueron restituidos.

(1) Sozomeno, Hist. ecl., V, 4. Socratis, Hist. ecl., III, II.

(2) Libanio, Oratio, XII, 8a (Forster, t. II, p. 38).

(3) Amiano Marcelino, XXV, 4, 17.

(4) Amiano Marcelino, XXII, 5, 3-4.

Pero los miembros del clero llamados por Juliano pertenecían a diversas tendencias religiosas irreconciliables. No podían vivir en paz juntos, y pronto recomenzaron sus acostumbradas disputas. Probablemente era esto lo que esperaba Juliano. Al conceder una perfecta tolerancia, había mostrado conocer con perfección la psicología de los cristianos. Estaba seguro de que pronto se reanudarían las disputas en la Iglesia cristiana, la cual, así dividida, no presentaría para él un peligro serio. A la vez, Juliano prometió grandes ventajas a los cristianos que renegasen del cristianismo. Hubo muchas abjuraciones. San Jerónimo llamó a este modo de obrar de Juliano «una persecución dulce, que atraía al sacrificio más que obligaba a él.» (1)

Pero los cristianos iban siendo alejados gradualmente de la administración y del ejército. En su lugar se nombraban paganos. El famoso lábaro de Constantino, que servía de estandarte a las tropas, fue destruido, y las cruces que brillaban en las enseñas militares quedaron substituidas por emblemas paganos.

El golpe más sensible lo asestó al cristianismo la reforma de la enseñanza. El primer edicto al respecto versó sobre el nombramiento de profesores en las ciudades principales del Imperio. Los candidatos debían ser elegidos por las ciudades, pero la ratificación correspondía al emperador, que podía así rechazar los profesores que no quisiera. Antes, el nombramiento de profesores correspondía sólo a las ciudades. Más importante es el segundo edicto, que se ha conservado en las cartas de Juliano: «Todos — dice tal edicto — los que se consagren a la enseñanza, deben ser de buena conducta y no tener en su corazón opiniones contrarias a las del Estado.» (2)

(1) Jerónimo, Chronicon ad olympiadem, 285 (Migne, Patr. lat., t. XXVII, p. 691-92).

(2) Juliano, Opera, t. II, p. 544 y sigs. Epístola 42. Wright, t. III, p. 117-123.

Por «opiniones conformes a las del Estado» ha de entenderse evidentemente la opinión pagana del propio emperador. El edicto declara absurdo que las personas que explican a Homero, Hesiodo, Demóstenes, Herodoto y otros escritores antiguos nieguen los dioses reverenciados por éstos. «Les dejo la elección — dice Juliano en su edicto, — o de no enseñar lo que crean peligroso, o, si quieren continuar sus lecciones, de comenzar por convencer a sus discípulos de que ni Homero, ni Hesiodo, ni ninguno de los escritores a quienes comentan y a quienes acusan a la vez de impiedad, de locura, de error hacia los dioses, son tales. De otro modo, y pues viven de los escritos de esos autores y de ellos sacan su retribución, es menester confesar que dan pruebas de la más sórdida avaricia y que están prestos a soportarlo todo por unas cuantas dracmas. Había hasta ahora muchos motivos para no visitar los templos de los dioses, y el temor que reinaba por doquier justificaba el disimulo de las verdaderas ideas que se formaban sobre los dioses; hoy que los dioses nos han devuelto la libertad, es una falta de sentido, a mi juicio, enseñar a los hombres lo que no se considera verdad. Si los profesores tienen por sabios a los escritores que explican y comentan, es preciso que todos ellos imiten sus sentimientos de piedad hacia los dioses, y si creen que los dioses venerados son falsos, váyanse a las iglesias de los galileos a interpretar a Mateo y a Lucas… Tal es la ley general para los jefes y los profesores…» Respecto a los obstinados «es justo atenderlos contra su propia voluntad, como a los locos; que sean, pues, perdonados los que padecen esta enfermedad, porque, según creo, vale más instruir a los locos que castigarlos.» (1)

Amiano Marcelino, amigo y compañero de armas de Juliano, habla así de este edicto: «(Juliano) prohibió a los cristianos enseñar la retórica y la gramática, a menos de que no reverenciasen a los dioses.» (2) En otros términos, a menos de que no se hiciesen paganos.

Algunos suponen, fundándose en las indicaciones de los escritores cristianos, que Juliano publicó un nuevo edicto que prohibía a los cristianos, no sólo la enseñanza, sino también el estudio en las escuelas públicas. Así, San Agustín, escribe: «Juliano, que prohibió a los cristianos la enseñanza y el estudio de las artes liberales, ¿no persiguió a la Iglesia?» (3)

(1) Juliano, Opera, t. II, p. 544 y sigs. Epístola 42. Wright, t. III, p. 117-123.

(2) Amiano Marcelino, XXV, 4, 20.

(3) San Agustín, De civitate Dei, XVIII, 52.

Pero no poseemos el texto de ese segundo edicto. Puede incluso no haber existido. En cambio, es cierto que el primer edicto, que prohibía a los cristianos la enseñanza, provocó indirectamente la prohibición de estudiar. A contar de la publicación de ese edicto, los cristianos debían enviar a sus hijos a las escuelas de gramática y retórica paganas. La mayor parte de los cristianos se abstuvo de ello, pensando que al cabo de una o dos generaciones de esa enseñanza pagana, la juventud cristiana habría retornado al paganismo. Pero, por otra parte, si los cristianos no recibían cierta instrucción general, iban a convertirse normalmente en inferiores a los paganos. Así, el edicto de Juliano — aun siendo único — contenía para los cristianos una importancia capital, y hasta presentaba para su porvenir un peligro muy grave. Gibbon ha notado con razón que «los cristianos recibieron la prohibición directa de enseñar e indirectamente la prohibición de estudiar, dado que no podían (moralmente) frecuentar las escuelas paganas.» (1) Gran número de retóricos y gramáticos cristianos prefirieron abandonar sus cátedras a abrazar el paganismo por diferencia al emperador. Entre los mismos paganos, el edicto de Juliano fue aceptado de diverso modo. El escritor pagano Amiano Marcelino escribe al respecto: «Se debe pasar en silencio el acto cruel por el que Juliano prohibió a los profesores cristianos enseñar la retórica y la gramática.» (2)

Es interesante observar cómo reaccionaron los cristianos ante el edicto de Juliano. Algunos se regocijaron ingenuamente porque, según ellos, el emperador dificultaba a los cristianos el estudio de los escritores paganos. Para substituir la literatura pagana prohibida. Los escritores cristianos de la época, sobre todo Apolinar el Viejo y Apolinar el Joven, padre e hijo, concibieron la idea de crear para la enseñanza escolar una literatura cristiana. Así, adaptaron los salmos a la manera de las odas de Píndaro; transcribieron el Pentateuco (los cinco libros de Moisés) en hexámetros; hicieron lo mismo con el Evangelio en diálogos platónicos… Nada nos ha llegado de obras tan insólitas. Es notorio que semejante literatura no podía tener valor duradero, y desapareció cuando, con la muerte de Juliano, fue abandonado el edicto de éste.

(1) Gibbon, c. XXIII. V. G. Negri, ob. cit., t. II, p. 411-414.

(2) Amiano Marcelino, XXII, 10, 7.

(3) Juliano, Opera, t. II, p. 461. Wright, t. II. p. 475.

En el verano del 362, Juliano emprendió un viaje a las regiones orientales del Imperio y llegó a Antioquía, donde la población, según los propios términos del emperador, «prefería el ateísmo,» (3) es decir, era cristiana. Incluso en medio de las ceremonias oficiales se advirtió, y a momentos se vio manifestarse, a más de alguna frialdad, una hostilidad mal contenida. La estancia de Juliano en Antioquía fue esencial, porque le convenció de las dificultades de su obra y hasta de la imposibilidad en que se hallaba de realizar la proyectada restauración del paganismo. La capital de Siria acogió con frialdad los conceptos de su huésped imperial. En ese sentido, el relato del propio Juliano, en su obra satírica Misopogon, o el odiador de la barba, (1) presenta vivo interés. En la gran ceremonia pagana del templo de Apolo, en Dafne, en los arrabales de Antioquía, pensaba Juliano encontrar una multitud enorme, una gran cantidad de ofrendas animales, libaciones, incienso y otros atributos de las grandes fiestas paganas. Pero, al llegar al templo, Juliano, con gran sorpresa, no encontró más que un sacerdote que tenía en la mano, para el sacrificio, un único ganso.

El relato de Juliano, reza: «En el décimo mes (que así contáis), al cual creo que llamáis Loos, hay una fiesta cuyo origen se remonta a nuestros antepasados, en honor de ese dios (Helios, Sol, Deus, Apolo), y el deber ordenaba mostrar nuestro celo visitando Dafne. Así, me encaminé a ese lugar a toda prisa, desde el templo de Zeus Kasios, pensando que en Dafne al menos podría regocijarme la vista de vuestra prosperidad y del espíritu público. Y yo imaginaba en mi ánimo el género de procesión que habría, como un hombre que tiene visiones en un sueño; imaginaba las bestias del sacrificio, las libaciones, los coros en honor del dios, el incienso y los jóvenes de vuestra ciudad alrededor del altar, sus almas ornadas todas de santidad y ellos mismos ataviados con blancos y espléndidos vestidos. Pero cuando entré en el santuario no encontré ni incienso, ni siquiera un dulce, ni la más pequeña bestia para el sacrificio. De momento quedé sorprendido y pensaba que estaba aún en el exterior del templo, que vosotros esperabais mi señal y que me hacíais este honor por ser yo gran pontífice. Pero cuando comencé a informarme del sacrificio que la ciudad tenía intención de ofrecer para celebrar la fiesta anual en honor del dios, el sacerdote me contestó: «Yo he traído conmigo de mi propia casa un ganso para ofrendarlo al dios, pero la ciudad hoy no ha hecho preparativo alguno.» (2)

Antioquía, pues, no había respondido a la llamada del paganismo. Hechos semejantes irritaban al emperador y excitaban su odio contra los cristianos. Sus relaciones con ellos hicieron más tensas después del incendio del templo de Dafne, que se les atribuyó. Juliano, exasperado, ordenó, por vía de castigo, que se cerrase la principal iglesia de Antioquia, la cual fue a la vez saqueada y profanada. Parecidos sucesos ocurrieron en otras ciudades. La tensión alcanzó su punto álgido. Los cristianos, por su parte, destrozaron las imágenes de los dioses. Algunos representantes de la Iglesia sufrieron el martirio. Una completa anarquía amenazaba al Imperio.

(1) Juliano llevaba larga barba, lo que no era costumbre de los emperadores, y la gente solia tomarlo a irrisión. Sobre el Misopogon v. G. Negri, ob. cit., t. II. p. 430-70 (la mayor parte del Misopogon va traducida en esa obra).

(2) Juliano, Opera, t. II, p. 467, Wright, t. II, p. 487-489

En la primavera del 363, Juliano, saliendo de Antioquia se puso en campaña contra los persas. En esa expedición fue herido por una jabalina y, llevado a su tienda, sucumbió allí. No se supo con certeza quién había herido al emperador. Más tarde nacieron al propósito varias leyendas. Entre ellas figura la versión de que Juliano murió a manos de los cristianos. Los historiadores cristianos nos relatan la famosa leyenda según la cual el emperador, llevándose la mano a la herida y retirándola llena de sangre, esparció ésta al aire, diciendo a la vez: «¡Tú has vencido, Galileo!» (1)

En la tienda del emperador, se reunieron a su cabecera sus amigos y los jefes del ejército, a quienes dirigió un último adiós. Sus postreras palabras nos han llegado por intermedio de Amiano Marcelino (XXV, 3, 15-20), El emperador hace en ellas una apología de su vida y su actividad. Espera, con serenidad filosófica, la muerte inevitable. Al fin, cuando disminuyen sus fuerzas, expresa, sin indicar heredero, el deseo de que le suceda un buen emperador. Quienes le rodean lloran; él, moribundo, les reprende suavemente y dice que es indigno llorar a un emperador que está en paz con el cielo y con las estrellas.

Juliano falleció el 26 de junio del 363, a medianoche. Contaba 32 años. El famoso retórico Libanio compara su muerte a la de Sócrates. (2)

(1) Theodoreti, Historia eclesiástica, III, 25, 7, ed. Parmentier (1911), p. 204-205, y las demás fuentes.

(2) Libanio, Oratio, Επιταφιος επι Ιουλιανου, XVIII, 272, ed. Forster, l. II, p. 355.

El ejército dio la corona a Joviano, jefe de la guardia y cristiano partidario de la confesión de Nicea. Obligado a la paz por el rey de Persia, Jovía no tuvo que concluir un maltratado, cediendo al enemigo algunas provincias romanas de la orilla oriental del Tigris.

La muerte de Juliano fue acogida por los cristianos con alegría. Los escritores cristianos trataban al emperador difunto de «dragón» del «Nabucodonosor,» de «Heredes» y de «monstruo.»

Juliano ha dejado una serie de obras que permiten estudiar muy íntimamente su interesante personalidad. El centro de su sistema religioso es el culto del sol, y sus conceptos se hallan bajo el influjo directo del culto pérsico del dios de la luz, Mitra, y de las ideas platónicas, deformadas en aquella época. Desde su primera infancia, Juliano había amado la naturaleza y sobre todo el cielo. En su disertación sobre el Sol Rey, (1) la fuente principal que poseemos sobre la filosofía religiosa, escribe que desde su primera juventud sintió un amor violento por los rayos del astro divino. No sólo quería fijar sus miradas en él durante el día, sino que, en las noches claras, abandonaba todas sus ocupaciones para poder admirar las bellezas del cielo. Absorto en esta contemplación, no oía a los que le hablaban, y llegaba hasta a perder la conciencia de sí mismo. Su teoría religiosa, expuesta con bastante oscuridad, se atiene a la existencia de tres mundos bajo la forma de tres soles. El primer sol es el sol supremo, la idea del Todo, una unidad moral inteligible (νοητός). Es el mundo de la verdad absoluta, el reino de los principios primitivos y de las causas primeras. El mundo tal como se nos aparece, y el sol aparente, no son sino un reflejo del primer mundo, y un reflejo indirecto. Entre esos dos mundos, mundo inteligente (νοερός), con su sol. Así se obtiene la tríada de los soles; inteligible o espiritual, inteligente y sensible o material. El mundo pensante es el reflejo del mundo concebible o espiritual, y sirve a su vez de modelo al mundo sensible, que de este modo resulta el reflejo de un reflejo, la reproducción en segundo orado del modelo absoluto. El sol supremo, es, con mucho, inaccesible al hombre. Por tanto, Juliano concentra toda su atención sobre el sol inteligente, intermediario entre los otros dos, y, llamándolo sol rey, lo adora.

A pesar de su entusiasmo, Juliano comprendió bien que la restauración del paganismo presentaba dificultades enormes. Escribió en una carta: «Tengo necesidad de muchos aliados para volver a levantar lo que ha caído tan bajo.» (2) Pero Juliano no se daba cuenta de que el paganismo caído no se podía levantar porque estaba muerto. Así, su tentativa estaba destinada con anticipación al fracaso. «Su obra — dice Boissier — podía fracasar; el mundo no tenía en ello nada que perder. (3)

Aquel heleno entusiasta, dice Geffcken, fue un «Frühbyzantiner,» un semi-oriental.(4) Otro biógrafo de Juliano, escribe: «El emperador Juliano es como una aparición fugitiva y luminosa sobre el horizonte tras el cual ha desaparecido ya la estrella de esa Grecia que fue para él la tierra sagrada de la civilización, la madre de cuanto era bello y bueno en el mundo; de esa Grecia a la que él llamaba, con devoción y entusiasmo filiales, su sola patria verdadera.»(5)

(1) Juliano, Op., t. I, p. 168-69, or., IV. Wright., t. I, p. 353-3-jrí.

(2) Juliano, Opera, t. II, p. 520. Epist. 21. Wright, t. III, p. 17.

(3) Boissier, t. I, p. 142.

(4) Geffcken, ob. cit, p. 126.

(5) G. Negri, ob. cit., t. II, p. 632.

En curso…