En español

Historia del Imperio Bizantino. (5) (Ισπανικά, Spanish)

17 Σεπτεμβρίου 2009

 Byzantine empress

Continuación de la (4)

Los Problemas Nacionales y Religiosos en el Siglo V.

El Interés de este período reside esencialmente en su modo de afrontar el doble problema nacional y religioso. Por «problema nacional,» o «problema de las nacionalidades,» entendemos la lucha de éstas entre sí en el interior del Imperio, así como los conflictos con los pueblos que atacaban desde el exterior.

Parece que el helenismo debiera haber desempeñado en la «pars orientalis» el papel de una fuerza unificadora en medio de una población tan dispar; pero de hecho no fue así. No obstante, su influjo se había ejercido en Oriente hasta el Eufrates y hasta Egipto desde la época de Alejandro de Macedonia y sus sucesores. Alejandro había visto en la creación de colonias uno de los mejores medios de implantar el helenismo: se le atribuye la fundación de más de setenta ciudades en Oriente. En cierta medida, sus sucesores continuaron esta política. Los límites extremos de la helenización estaban, al norte, en Armenia; al sur hacia el mar Rojo; al este en Persia y en Mesopotamia. El helenismo no había rebasado estas provincias. El principal centro de civilización helenística era la ciudad egipcia de Alejandría. A lo largo de lodo el litoral mediterráneo, y sobre todo en Asia Menor, Siria y Egipto, la civilización helénica se había impuesto a las demás. De esos tres países, acaso Asia Menor fuera el más helenizado. Hacía muchos siglos que sus costas estaban cubiertas de colonias griegas, desde donde la influencia helena había irradiado, aunque no sin dificultades, hacia el interior del país.

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La helenización de Siria era menos profunda. La masa de la población no se hallaba familiarizada con la lengua griega y seguía hablando sus idiomas indígenas, el sirio y el árabe. Un sabio orientalista escribe que «si incluso en una ciudad tan cosmopolita como Antioquía, el hombre del pueblo hablaba el arameo (es decir, el siriaco), cabe con buena razón suponer que en el interior de la provincia el griego no era la lengua de las clases instruidas, sino sólo de los que la habían estudiado especialmente.» (1) Se puede hallar la prueba palmaria de que la lengua indígena Siria estaba profundamente implantada en Oriente, en la «Colección de leyes siriorromana del siglo V.» (2)

(1) Th. Noldeke, Ueber Mommsem’s Darstellung der romischen Herrschaft una romischen Politik in Oriente (Zeitschrift der morgenlándischen Gesellschaft, t. XXXIX (1885). Página 334).

(2) Bruns und Sachau, Syrisch-Romischcs-Rcchtsbuch aun dcm funften Jahrhitnáert Leipzig. 1880.

El manuscrito sirio más antiguo que de esa colección nos ha llegado está compuesto a principios del siglo VI, y por consecuencia antes de Justiniano. Ese texto sirio, probablemente escrito en la parte nordeste de Siria, es una traducción del griego. El original griego no ha llegado a nosotros, pero puede deducirse por algunas indicaciones que fue redactado hacia el 570. Como quiera que fuese, la traducción siria vio la luz casi en seguida de la aparición del texto original. Además del texto sirio, poseemos las versiones árabe y aramea de tal colección legislativa, que, según todas las probabilidades, es de origen eclesiástico, ya que analiza con profusión de detalles los artículos del derecho conyugal y sucesorial y hace resaltar osadamente los privilegios del clero. Pero aquí no nos interesa tanto el fondo de la colección tomó su gran difusión y corriente aplicación en Oriente, en los territorios comprendidos entre Armenia y Egipto, según lo prueban las numerosas y diversas versiones de estos documentos, así como lo que de ellos han tomado los escritores sirios y árabes de los siglos XIII y XIV. Más tarde, cuando la legislación justiniana se hizo, de modo oficial, obligatoria en todo el Imperio, el Código imperial pareció demasiado voluminoso y harto difícil de comprender para las provincias orientales, y en la práctica se siguió empleando la colección siria, que reemplazó al «Codex.» Cuando, en el siglo VIII, los musulmanes ocuparon las provincias orientales, aquella legislación siria tuvo igual difusión bajo el dominio mahometano. Que tal compendio legislativo fuera traducido al sirio en la segunda mitad del siglo VI, muestra con claridad que la masa de la población no conocía aún el griego ni el latín y estaba muy afincada a la lengua indígena siria.

En Egipto, a pesar de la existencia de un foco de civilización de irradiaciones universales, como lo era Alejandría, el helenismo no había afectado tampoco sino a la clase superior dirigente, laica o eclesiástica. La masa de la población seguía hablando la lengua indígena copta.

Estos motivos no fueron los únicos que obraron en el siglo V. El gobierno encontraba dificultades en las provincias orientales, no sólo a causa de las diferencias de nacionalidades y razas, sino también porque una aplastante mayoría de la población sirio-egipcia, y parte de la del Asia Menor oriental, eran profundamente afectas al arrianismo y sus ramificaciones sucesivas. Así, la cuestión de las nacionalidades, ya compleja en sí, se agravó en el siglo V con un problema religioso.

En las provincias occidentales del Imperio de Oriente, es decir, en la Península Balcánica, en la capital y en la parte occidental del Asia Menor, el problema importante de este período fue el problema germánico, que amenazaba, como se ha visto más arriba, la misma existencia del Imperio. A mediados del siglo V, después de que el problema godo se hubo resuelto, hubo motivos para creer que los salvajes isáuricos iban a ocupar en la capital el puesto de los godos. En la frontera oriental, la lucha contra los persas continuó con algunas interrupciones, mientras en la frontera septentrional de los Balcanes empezaban las devastadoras invasiones de un pueblo de origen único o turco: los búlgaros. (1)

(1) Sobre el origen de los búlgaros primitivos, v. V. Zlatarski, Historia de la edad búlgara (Sofía, 1918), t. I, p. 23 y sigs. (en búlgaro), y 1.. Xiederle, Manuel de l’antiquité slavc (París, 1933), t. I, p. 100.

Arcadio (395-408) — los Favoritos.

Arcadio tenía sólo diecisiete años cuando subió al trono. No poseía la experiencia ni la fuerza de voluntad requeridas por su elevada posición. Pronto se halló bajo el dominio completo de sus favoritos, que monopolizaron todo el poder, haciendo pasar a primer plano sus intereses propios y los de sus partidarios. El primer favorito que tuvo influjo sobre el emperador fue Rufino, que, viviendo Teodosio, había sido preceptor de Arcadio. Rufino no tardó en ser asesinado. Dos años después, pasó a ser favorito el eunuco Eutropio, quien ejerció influencia exclusiva sobre el emperador y alcanzó la cúspide de los honores después que hizo casar a Arcadio con Eudoxia, hija de un general franco del ejército romano. El hermano menor de Arcadio, Honorio, que había recibido el Occidente, tenía a su lado, como consejero designado por su mismo padre, al valeroso general Estilicón, tipo perfecto del bárbaro germano romanizado, que había prestado grandes servicios al Imperio luchando contra sus propios compatriotas.

La Resolución del Problema Gótico.

Bajo el reinado de Arcadio, la principal cuestión que se planteó al Imperio fue la germánica.

Los visigodos, establecidos en el norte de la Península de los Balcanes, estaban entonces mandados por un nuevo jefe: el ambicioso Alarico el Balto. Al principio del reinado de Arcadio entraron en Mesia, Tracia y Macedonia e incluso amenazaron la capital. Merced a la intervención diplomática de Rufino, Alarico abandonó la idea de marchar sobre Constantinopla. La atención de los godos se volvió a Grecia. Alarico atravesó Tesalia y por las Termopilas invadió la Grecia central.

En esta época, la población de Grecia, en conjunto, no estaba contaminada todavía, y era, poco más o menos, la que conocieran Pausanias y Plutarco. «La lengua, la religión, las leyes y las costumbres de los antepasados — dice Gregorovius — permanecían casi invariables en ciudades y campiñas. Si bien el cristianismo había sido reconocido oficialmente como la religión dominante; si bien el culto de los dioses, prohibido por el gobierno, estaba condenado a desaparecer, no por ello la Grecia antigua llevaba menos el sello moral y artístico del paganismo (gracias a los monumentos de la antigüedad, que había conservado.)» (1)

(1) Gregorovius, Geschichte der Stadt Athen, t. I, p. 35.

En su marcha a través de Grecia, los godos devastaron y saquearon la Beocia y el Ática. Ocuparon el puerto de Atenas — el Pireo, — pero, por suerte, no pasaron a Atenas misma. El historiador pagano del siglo V, Zósimo, se hace eco de una leyenda según la cual Alarico, al acercarse con su ejército a las murallas de Atenas, vio erguirse ante él, armada de punta en blanco, la diosa Atenea y, en pie ante los muros, el héroe troyano Aquiles. Atemorizado por tal aparición, Alarico abandonó la idea de atacar Atenas. (1) Por lo contrario, el Peloponeso sufrió terriblemente. Los visigodos saquearon Corínto, Argos, Esparta y varías otras ciudades. Estilicón avanzó para libertar a Grecia. Desembarcó con su ejército en el istmo de Corinto y así cortó a Alarico la retirada. No obstante, el jefe godo se abrió, con grandes dificultades, camino hacia el norte, y alcanzó el Epiro. El emperador Arcadio no titubeó en honrar al devastador de sus provincias con la elevada dignidad de «magister» del ejército de Iliria («magíster militum per Illyricum»). Tras esto, Alarico dejó de amenazar el Oriente y dedicó toda su atención a Italia.

El peligro gótico no se hacia sentir sólo en la Península Balcánica y en Grecia. El predominio de los godos se manifestaba todavía, sobre todo a partir de Teodosío el Grande, en la capital, donde los grados más altos del ejército y gran número de elevadas funciones civiles habían pasado a manos de los germanos.

Al subir Arcadio al trono, era el partido germánico el que ejercía más profunda influencia en Constantinopla. A su cabeza estaba el godo Gainas, uno de los generales más valerosos del ejército imperial. En torno suyo se agrupaban los militares, en especial los de origen godo, y los representantes del partido germánico de la capital. El punto débil del partido consistía en lo religioso, pues ya hemos visto que los godos, en su mayoría, eran arríanos. El segundo partido que desempeñó papel importante en los años primeros del gobierno de Arcadio fue el del eunuco Eutropío, el poderoso favorito. Habíase rodeado Eutropio de ambiciosos y aventureros que perseguían ante todo la satisfacción de sus apetitos personales y para ello se servían de Europio. Gainas y Eutropio no podían entenderse. Ambos aspiraban al poder.

Los historiadores advierten la existencia de un tercer partido, hostil por igual a los germanos y a Eutropio. Este último partido, al que se habían unido los senadores, los funcionarios y la mayoría de los miembros del clero, puede ser considerado como una oposición que se levantaba, en nombre de la idea cristiana y nacional, contra la influencia creciente de los bárbaros y los heréticos. Naturalmente, el favorito, grosero y ávido, no podía despertar simpatías en este tercer partido, el jefe más sobresaliente del cual era Aureliano, prefecto de la ciudad. (2)

(1) Zósimo, V, 6, ed. Mendelsohn, p. 222-223.

(2) V. J. B. Bury, History of the Later Román Empirc (Londres, 1923), t. I, p. 127.

Entre los contemporáneos, hubo varios que comprendieron el grave peligro que la influencia germánica podía acarrear al Imperio. El gobierno mismo llegó a presentir el huracán.

Poseemos un documento de altísimo interés que nos muestra de manera vivida el estado de ánimo de cierto medios respecto al problema germánico. Hablamos del tratado de Sinesio Sobre el poder imperial, o, como a veces se traduce, (περί βασιλείας). Este tratado quizα fuera presentado al propio Arcadio. Sinesio (370-413), originario de Cirene, ciudad del África del Norte, era un neoplatónico instruido que se convirtió al cristianismo. En 399 se encaminó a Constantinopla para solicitar del emperador algunos desgravámenes de impuestos en favor de su ciudad natal. Más tarde de vuelta a su patria, fue elegido obispo de Ptolemaida, en África del Norte. Durante los tres años de su estancia en Constantinopla, Sinesio se dio perfecta cuenta del peligro que hacían correr los germanos al Imperio, y compuso el tratado a que hemos hecho referencia, que se puede calificar, con expresión de un historiador, de «manifiesto antigermano del partido nacional de Aureliano.» (1) «Bastará el más ligero pretexto — escribía Sinesio — para que los armados (esto es, los bárbaros) tomen el poder y adquieran supremacía sobre los ciudadanos libres.

(1) B. Bury, ob. cit., t. I, p. 129, ed. 1889; t. I, p. 83.

Entonces los civiles deberán combatir contra hombres experimentados al más alto punto en el arte militar… Es preciso ante todo apartar (a los extranjeros) de las funciones superiores y quitarles sus títulos de senadores, porque lo que en la antigüedad pasaba a los ojos de los romanos como el colmo de los honores, se ha convertido en una cosa abyecta para los extranjeros. Nuestra ineptitud para comprender me sorprende en muchos casos, pero sobre todo en éste. En toda casa, por mediocre que sea, se puede encontrar un esclavo escita (es decir, godo); ellos son cocineros, despenseros… Escitas también los que llevan sillas pequeñas a la espalda y las ofrecen a quienes quieren reposar al aire libre. ¿No es hecho digno de provocar sorpresa en el mayor grado ver a los mismos bárbaros rubios, peinados a la moda eubea, que en la vida privada llenan el papel de domésticos, darnos órdenes en la vida pública? El emperador debe depurar el ejército; lo mismo, en un montón de granos de trigo, separamos la paja y cuanto puede ser nocivo al buen grano… Tu padre, por exceso de clemencia, trató (a esos bárbaros) con dulzura e indulgencia; él les dio el título de aliados; él les concedió derechos políticos, honores; él generosamente les donó tierras. Pero no han comprendido y apreciado como convenía la nobleza de este trato. Han visto en ello una debilidad por nuestra parte, y eso les ha inspirado una arrogancia insolente y una jactancia inaudita… Recluta a nuestros nacionales en mayor numero, eleva nuestro ánimo, fortifica nuestros propios ejércitos y cumple lo que el Estado ha menester… Hay que emplear perseverancia. Que esos bárbaros trabajen la tierra, como en la antigüedad los mesenios, que después de haber abandonado las armas sirvieron de ilotas a los lace- demonios, o bien que se vayan por el mismo camino por el que vinieron y que anuncien a las tribus de la otra orilla del río que los romanos no tienen ya la misma dulzura y que entre ellos rige un emperador joven, de noble corazón.» (1) La significación profunda de este notable documento, contemporáneo de los sucesos de que se trata, reside en la última recomendación de Sinesio. Éste comprende el peligro que amenaza al Imperio por parte de los godos y propone que se los aleje del ejército, que se recluten tropas nacionales y, tras esto, que se convierta a los bárbaros en labradores. Si no lo aceptan, que se limpie del ellos el territorio romano, arrojándolos al otro lado del Danubio, o sea devolviéndolos a su punto de origen.

(1) Sinesio, Opera Περι Βασιλειας, p. 14-15; Migne, Patr. Gr., LXVI, 1095-1097-V. Bury, ob. cit., t. 1, p, 129-130; A. Fitzgcrakl, The Letters of Synesius of Cyrene (Londres, 1926), p, 23-24.

El jefe más popular del ejército imperial, el godo Gainas, no podía soportar con calma la influencia exclusiva de Eutropio. Pronto se le presentó ocasión de obrar. En aquella época, los godos instalados por Teodosio el Grande en Frigia (Asia Menor), se sublevaron a las órdenes de su jefe Tribigildo, y asolaron el país. Gainas, enviado contra el rebelde, se alió a éste en secreto. Ambos se ayudaron entre sí e infligieron una derrota a las tropas imperiales enviadas contra Tribigildo. Éste y Gainas, dueños ambos de la situación, exigieron al emperador que destituyera a Eutropio y se lo entregase. El favorito tenía contra él a Eudoxia, la mujer del emperador, y al partido de Aureliano. Así acorralado, Arcadio hubo de ceder y desterró a Eutropio (399). Pero tal medida no contentó a los godos victoriosos, que forzaron al emperador a que llamara de nuevo a Eutropio a la capital, le entregase a la justicia y le hiciera ejecutar. Tras esto, Gainas exigió al emperador que se abandonase uno de los templos de la capital a los godos arríanos, para que éstos pudiesen celebrar allí su Oficio. Contra este proyecto se alzó Juan Crisóstomo («Boca de Oro,» llamado así por sus cualidades como brillante orador que era) obispo de Constantinopla. Gainas, sabedor de que el obispo tenía a su lado no sólo la capital, sino lo más de la población del Imperio, no insistió.

Instalados en la capital, los godos, en cierta manera, eran árbitros de los destinos del Imperio. Arcadio y la población de Constantinopla comprendieron la mucha gravedad de la situación. Por su parte. Gainas, a pesar de sus éxitos, no logró conservar la preponderancia adquirida. Hallándose una vez ausente de la capital, estalló una revuelta. Muchos godos fueron muertos. Gainas no pudo volver a Constantinopla, y Arcadio, que había recuperado el valor, envió contra él a un godo fiel, el pagano Fravitta, que batió a Gainas cuando éste trataba de pasar por mar al Asia Menor. Gainas se refugió en Tracia, donde fue apresado por el rey de los hunos, quien le hizo cortar la cabeza y la envió como obsequio a Arcadio. Así se conjuró el grave peligro germánico, merced a un germano precisamente: el godo pagano Fravitta, que recibió por aquel gran servicio el título de cónsul. El problema godo quedó, pues, resuelto en el siglo V en ventaja del gobierno. Las tentativas ulteriores de los godos para recobrar la influencia perdida no tuvieron importancia alguna.

Juan Crisostomo.

Sobre aquel fondo de complicaciones germánicas resaltó la poderosa figura del patriarca de Constantinopla, Juan Crisóstomo. (1)

(1) En 1926, Baynes escribía: «Es verdaderamente extraño que no haya aún una biografía de Crisóstomo digna de este nombre» (Alexandria and Conslantinople. A study in ecclesiastical dtplomacy. Journal of Egyptian Archaeology, t. XII (1926). p. 150). Poseemos ahora una detallada biografía de Crisóstomo en dos volúmenes, muy cuidadosamente documentada y debida a un benedictino, el P. Crisóstomo Baur, Der heilige Johannes Chrysostomus und seine Zeit (Muních, 1929-30). No he visto mencionada en ningún sitio la muy detallada biografía de Crisóstomo, provista de abundantes referencias, que se publica en las Obras Completas de San Juan Crisóstomo. traducidas por primera vez al francés bajo la dirección de Jeannin, vol. I, Historia de San Juan Crisóstomo (Arras, 1887, p. 1-532). V. Tambien N. Turchi, La Civiltta bizantina (Turín. 1915), p. 225-367. Este articulo no está mencionado en la bibliografía dada en el libro de Baur, t. I, p. XXXVIII).

Juan, originario de Antioquía, fue discípulo del célebre retórico Libanio. Se proponía seguir una carrera civil, pero abandonó tal proyecto después de su conversión. Entonces se entregó con fervor a predicar en su ciudad natal, donde oficiaba como sacerdote. El favorito Eutropio, a la muerte del patriarca Nectario, fijó su atención sobre Crisóstomo, ya célebre en Antioquía por sus predicaciones. Temiéndose que la población de Antioquía se opusiese a su marcha, Juan fue llevado en secreto a Constantinopla. A pesar de las intrigas de Teófilo, obispo de Alejandría, Juan fue consagrado obispo y ocupó la sede patriarcal de Constantinopla el año 398. La capital recibió con él un orador notable y valeroso, uno de esos hombres excepcionales cuyas prácticas están acordes con sus principios. Predicador de una moralidad severa, adversario de un lujo excesivo, Juan, convencido niceísta, halló entre sus ovejas muchos enemigos. Entre ellos figuraba la emperatriz Eudoxia, amante del lujo y los placeres y a quien Juan, en sus prédicas públicas, colmaba de reproches, comparándola a Jezabel y a Herodíadas. (1) Juan adoptó una actitud enérgica ante los godos arríanos que, como vimos, exigían, por intermedio de Gainas, una iglesia para su Oficio. Juan rehusó categóricamente y los godos hubieron de seguir contentándose con la iglesia que se les había otorgado extramuros de la ciudad. Pero Juan se interesó vivamente por la minoría ortodoxa goda. Les cedió una iglesia en la ciudad, los visitaba a menudo y, ayudado por intérpretes, conversaba con ellos.

Su firme religiosidad, su intransigencia con todo aquello que se apartara del mensaje evangélico, su elocuencia severa y persuasiva acrecieron progresivamente el número de sus enemigos. Arcadio sufrió la influencia de los tales y se pronunció abiertamente contra el patriarca Juan, quien se retiró al Asia Menor. Las turbulencias populares que produjo el alejamiento del amado pastor, obligaron al monarca a volver a llamarle. Pero no duró mucho la paz entre el patriarca y el gobierno. La inauguración de un estatua de la emperatriz proporcionó a Juan materia para un nuevo sermón cáustico, en el que censuró los vicios de aquella mujer. Entonces fue privado de su cargo y sus partidarios perseguidos. En el 404 se le desterró a Cúcusa, ciudad de Capadocia, donde llegó tras largo y difícil viaje. «Era — dice el mismo Juan — el lugar más desierto de todo el Imperio.» (2) Tres años después llegó una nueva orden de destierro contra Juan, al que ahora se enviaba a las lejanas riberas orientales del mar Negro. Encaminándose allí, murió (407), quien antes de morir pronunció las siempre recordadas palabras: Todo sea para la gloria de Dios. Tal fin tuvo uno de los más eminentes representantes de la Iglesia de la Alta Edad Media. Dejó tras él un rico legado literario y teológico a través de sus tratados y homilías, donde se halla una pintoresca descripción de la vida intelectual, social y religiosa de su época. Defensor obstinado y convencido de los ideales de la Iglesia apostólica, no temió oponerse a las exigencias arrianas del poderoso Gainas. Juan Crisóstomo quedará siempre como uno de los más altos ejemplos morales que la humanidad haya nunca visto. «Era — se ha dicho — implacable para el pecado y lleno de piedad para el pecador.» (3)

La intervención del Papa y del emperador de Occidente, Honorio, en favor del perseguido Juan y sus partidarios, no tuvo éxito alguno. (4)

Arcadio murió en 408. Su hijo y sucesor, Teodosio, sólo tenía siete años. Eudoxia, esposa de Arcadio y madre de Teodosio, había muerto también en aquella época.

(1) Ha sido puesta en duda la autenticidad de algunos de esos sermones. V. Seeck. Geschichte des Untergangs der antiken Welt (Berlín, 1913), t. V, p. 365 y 583; P. C. Baur, ob- cit., t. II (1930), p. 144-145, 196, 237. Bury, ob. cit., t. I, p. 155.

(2) Johannis Crysostomus, epístola 234. Migne, Patr. Gr., LII, 739.

(3) A. Puech, Saint Jean Cfirysostome et Íes moeurs de son temps (París, 1891), p. 332.

(4) Actualmente se pone en duda la autenticidad de una fuente extremamente seductora que describe las relaciones de la emperatriz y Juan y da una idea general de la vida de la corte bajo Arcadio: Vita Porphyrii episcopi Gazensis, por Marco Diácono. V. H. Grégoire y M. A. Kugener: La vie de Porphyre, évéque de Gaza, est-elle autentique? (Rcvue de l’Université de Bruxeltes, t. XXXV (1929-30), p. 53-66). Se encontrarán largos extractos de esa Vita en Bury, t. I, p. 142-148. Baur considera la Vita… como una de las fuentes más dignas de confianza. El problema requiere más amplias investigaciones. (Que ya han sido realizadas con éxito por los citados profesores de Bruselas Grégoire y Kugener, en su edición y traducción de la Vita…, París, 1930.) (N. del R.)

Teodosio II el Joven (408-450).

Según el testimonio de algunas fuentes, Arcadio, en su testamento, nombró al rey persa Yezdigerdes I tutor de Teodosio, por temor a que los ciudad de Constantinopla quitasen su trono al último. Parece que el rey de Persia habría cumplido a la letra sus obligaciones y, por intermedio de un agente suyo, protegido a Teodosio contra las intrigas de quienes le rodeaban. Varios eruditos rechazan la autenticidad de este relato, pero otros no ven en él nada inverosímil. Ejemplos análogos se encuentran en otros períodos de la historia y no hay buenas razones para rechazar la posibilidad. (1)

(1) J. B. Bury, t. II. p. 2, n. I.

Las amistosas relaciones que existían a la sazón entre los dos Imperios explican la situación excepcionalmente favorable del cristianismo en Persia durante el reinado de Yezdigerdes I. La tradición persa, reflejando el sentir de los magos y de los nobles, le llama «Apostata,» «Malvado,» amigo de Roma y los cristianos y perseguidor de los magos. Las fuentes cristianas le celebran, en cambio, por su dulzura y magnificencia, y hasta dicen que estuvo a punto de convertirse al cristianismo. En realidad, Yezdigerdes I, como Constantino el Grande, tenía ciertas miras políticas y apreciaba la importancia del elemento cristiano de su Imperio con relación a sus planes. En 409, los cristianos fueron formalmente autorizados a adorar en público a su Dios y restaurar sus templos. Ciertos historiadores llaman a ese decreto el edicto de Milán de la Iglesia cristiana asiría. (1)

El año 410 se reunió en Seleucia un concilio donde se organizó la Iglesia cristiana de Persia. El obispo de Seleucia (Ctesiphon) fue elegido jefe de aquella Iglesia. Ostentaba el título de «Catholicos» y debía morar en la capital del Imperio persa.

Los miembros del concilio hicieron la siguiente declaración: «Suplicamos todos unánimemente a Nuestro Señor misericordioso que aumente los días del victorioso e ilustre rey Yezdigerdes, rey de reyes, y prolongue sus años de generaciones en generaciones y de edades en edades.»(2)

(1) V. J. Labourt, Le christianisme dans l’Empire perse sous la dynastie sassanide (segunda ed., París, 1904), p. 93. W. A. Wigram, An Introduction lo History of te Aesyrían Church (Londres, 1910), p. 89.

(2) Sinodicón Oriental, o Colección de sínodos nestorianos, publicada, traducida y anotada por J. B. Chabot (Notices et extraíts des manuscrits de la Bibliothéque natíonale, t. XXXVII, página 258, 1902).

Los cristianos no gozaron mucho tiempo de esta libertad. Ya en los últimos años del reinado de Yezdigerdes se reanudó la persecución.

Teodosio, desprovisto de talentos de estadista, se interesó poco por el gobierno. Durante su reinado se mantuvo, por decirlo así, al margen de los asuntos públicos. Tenía verdadera pasión por la vida retirada, vivía en su palacio como en un convento y consagraba considerable tiempo a la caligrafía, copiando con su bella escritura manuscritos antiguos. Pero se rodeó de hombres llenos de talento y energía que contribuyeron mucho al nombre de su reinado, el cual se distinguió por importantes acontecimientos en la vida interior del Imperio. Así, la ciencia moderna ha dejado de ver en Teodosio II un hombre falto en absoluto de voluntad y talento.

Durante toda la vida de Teodosio fue ejercida sobre él una influencia particular por su hermana, la piadosa Pulquería, que tenía espíritu de estadista. Gracias a ella, Teodosio casó con la hija de un filósofo ateniense, Atenais, quien se dio en el bautismo el nombre de Eudocia. Eudocia había recibido en Atenas una excelente instrucción; poseía verdadero talento literario y nos ha legado cierto número de obras que tratan de materias religiosas principalmente, pero donde se halla también un eco de los hechos políticos contemporáneos.

Bajo Teodosio, la «pars orientalis» del Imperio no tuvo que sostener choques tan temibles como la «pars occidentalis,» que atravesaba por entonces una crisis aguda debida a las invasiones germanas. El jefe visigodo Alarico tomó Roma, la antigua capital del Estado romano pagano, suceso que produjo intensa impresión en los contemporáneos. En la Europa occidental y el África septentrional se formaron sobre el territorio romano los primeros estados bárbaros. En la «pars orientalis,» Teodosio tuvo que luchar contra los salvajes hunos, quienes invadieron el territorio bizantino y llegaron, en sus devastadoras, incursiones, al pie de las murallas de Constantinopla. El emperador hubo de pagarles una importante suma y cederles territorios al sur del Danubio. Las relaciones pacíficas que se establecieron a continuación con los hunos, motivaron el envío de una embajada al gran campamento huno de Panonia. Al frente de la embajada iba Maximino. Un amigo de éste, Prisco, que le acompañó a Panonia, ha dejado una relación completa de la embajada y una descripción interesante de la corte de Atila y de los usos y costumbres de los hunos. (1) Tal descripción es particularmente interesante en el sentido de que puede ser considerada un relato, no sólo de la vida de los hunos, sino de las costumbres de los eslavos del Danubio medio, a quienes los hunos habían sometido. (2)

En curso…