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Historia del Imperio Bizantino. (7) (Spanish, Ισπανικά)

21 Σεπτεμβρίου 2009

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Continuación de la (6)

El Cuarto Concilio Ecuménico.

Marciano (450-457) y León (457-474).

Teodosio murió sin dejar descendencia. Su hermana Pulquería, aunque ya entrada en años, consistió en casar con el tracio Marciano, que fue proclamado emperador. Marciano era un soldado capaz, pero modesto. Sólo se le elevó al trono a instancias de Aspar, un jefe militar alano de origen y cuya influencia era grande.

El problema godo, que a fines del siglo IV y principios del V llegó a ser realmente peligroso para el Estado, se había resuelto, como vimos, en favor del gobierno, en tiempos de Arcadio. Sin embargo, el elemento gótico del ejercita bizantino seguía ejerciendo cierta influencia en el Imperio, aunque en una escala bastante reducida. A mediados del siglo V, el bárbaro Aspar, apoyado por los godos, hizo un esfuerzo para resucitar la antigua supremacía de éstos. Por algún tiempo lo logró. Dos emperadores, Marciano y León I, fueron elevados al poder merced a los trabajos de Aspar, a quien sólo sus tendencias arrianas impedían llegar en persona al trono. La capital empezó a expresar descontento contra Aspar, contra su familia y, en general, contra la influencia bárbara en el ejército. Dos hechos acrecieron la tensión existente entre los godos y los moradores de la capital.

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 La expedición marítima organizada contra los vándalos del África del Norte — quienes, según la Vida de San Daniel el Estilita, querían apoderarse de Alejandría — fracasó por completo, no sin implicar grandes gastos y dificultades a León I, que la dirigió. La población acusó de traición a Aspar, que se había opuesto a la expedición contra los vándalos, germanos de igual origen que los godos. (1) Aspar obligó a León a conferir el rango de cesar a uno de sus hijos, es decir, a darle la más alta dignidad del Imperio. El emperador decidió librarse de la influencia germánica. Lo consiguió con ayuda de los belicosos isáuricos, en aquel momento acantonados en gran número en la capital. Aspar fue muerto con parte de su familia, y ello asestó el golpe de gracia a la influencia germánica en la corte de Constantinopla. A causa de esta matanza se dio a León I el nombre de “Makelles” (Matarife). F. I. Uspenski ve en semejante suceso una etapa trascendental en el sentido de la nacionalización del ejército y del debilitamiento de la preponderancia bárbara entre las tropas, y concluye que ello bastaría para justificar el apelativo de “Grande” que se da a veces a León. (2)

(1) Se hallarán más detalles sobre la expedición contra los vándalos en la Vida de San Daniel el Estilita, Delehaye, c. 56, p. 175. Les saints stylites, p. 55. N. Baynes, ob. cit.página 399.

(2) F. I. Uspenski, Historia del Imperio bizantino, t. I, p. 330 (en ruso).

Al principio del reinado de Marciano, los hunos, tras haber sido una amenaza tan terrible para el Imperio, se trasladaron de la región del Danubio central hacia el occidente de Europa, donde después, en Galia, se libró la famosa acción de los Campos Cataláunicos. A poco, Atila murió y su enorme Imperio disgregóse. Así desapareció para Bizancio el peligro huno en los últimos años del reinado de Marciano.

Éste había heredado de su predecesor una situación religiosa muy difícil. Los monofisitas triunfaban. El emperador, partidario de los dos primeros concilios ecuménicos, no podía admitir ese triunfo. En 451 convocó un cuarto concilio ecuménico en Calcedonia. Este concilio tuvo importancia capital para toda la historia ulterior. Asistieron un número grande de eclesiásticos. El Papa se hizo representar por legados.

El concilio condenó las disposiciones del “Latrocinio de Efeso” y depuso a Dióscoro. Luego elaboró una nueva fórmula religiosa que rechazaba por completo la doctrina de los monofisistas y concordaba en pleno con las opiniones del Papa de Roma. El concilio reconocía “un Cristo único en dos naturalezas, sin confusión ni alteración, división o separación.” Los dogmas aprobados por el concilio de Calcedonia confirmaban solemnemente las principales definiciones de los dos primeros concilios ecuménicos, que se convirtieron así en base de la enseñanza religiosa de la Iglesia ortodoxa.

Las decisiones del concilio de Calcedonia fueron también de gran importancia política para la historia de Bizancio. El gobierno bizantino, oponiéndose abiertamente al monofisismo en el siglo V, se enajenó las provincias orientales de Siria y Egipto, donde la mayoría de la población era monofisista. Los monofisistas persistieron siendo fieles a sus doctrinas religiosas, incluso después de las decisiones del 451, y rehusaron todo compromiso. La Iglesia egipcia abolió el uso del griego en sus Oficios y los celebró desde entonces en lengua indígena (copta). Estallaron turbulencias religiosas en Jerusalén, Alejandría y Antioquía, como consecuencia, de la aplicación forzada de las decisiones del concilio, promoviéndose graves sediciones populares que revistieron carácter nacional y exigieron para ser reprimidas, no sin efusión de sangre, el concurso de las autoridades militares y civiles. La represión no resolvió tampoco el problema. Tras los conflictos religiosos, más agudos cada vez, comenzaban a manifestarse los disentimientos nacionales, sobre todo en Siria y Egipto. Gradualmente, las poblaciones indígenas de Egipto y Siria concibieron y desearon la idea de separarse de Bizancio. Los disturbios religiosos de las provincias orientales y la composición de los moradores de esos países crearon las condiciones que, en el siglo VII, facilitaron el paso de aquellas ricas y civilizadas comarcas primero a manos de los persas y luego de los árabes.

Debe notarse también la importancia del canon 28° del concilio de Calcedonia, que provocó un activo cambio de correspondencia entre el emperador y el Papa. Aquel canon no fue reconocido por el Papa, pero sí fue generalmente aceptado en Oriente. Tratábase del rango del patriarca de Constantinopla respecto al Papa de Roma, cuestión ya resuelta por el canon 3.° del segundo concilio ecuménico. El canon 28° del concilio de Calcedonia confirmaba la decisión del concilio precedente, y daba “privilegios iguales al muy santo trono de la Nueva Roma, estimando con razón que la ciudad que se honra con la presencia del Gobierno imperial y del Senado y goza de privilegios iguales a los de la antigua Roma imperial, debe, en materia eclesiástica, ser igualmente exaltada y tener rango inmediatamente después de ella.” (1) Además, el mismo canon concedía al arzobispo de Constantinopla el derecho de dar la investidura a los obispos de las provincias del Ponto, de Asia y de Tracia, habitadas por pueblos de tribus diversas. “Baste recordar — escribe F. I. Uspenski— que esos tres nombres abarcaban todas las misiones cristianas del Oriente, de la Rusia meridional y de la Península Balcánica, y todas las adquisiciones del clero oriental en las regiones. Tal fue, al menos, la opinión de los canonistas griegos posteriores, que defendieron los derechos del patriarca de Constantinopla. (2) Esta es, en pocas palabras, la importancia histórica, de un alcance ‘Universal, del canon 28°.” (3) Por este breve resumen se aprecia que Marciano y León I fueron emperadores de espíritu estrictamente ortodoxo.

(1) Mansi, Amplissima Collectio Conciliorum (Florencia, 1762), t. VII, p. 445.

(2) Uspenski, Historia del Imperio Bizantino, t. I, p. 276 (en ruso).

(3) Obsérvece que el canon 28. se limitaba a posponer Alejandría y los demás patriarcados al de Constantinopla (lo que tanto había de contribuir a fortalecer el monofisismo en Asia y África), sin alzar la menor objeción acerca de la primacía indiscutible de Roma; tan explícitamente reconoció el concilio la potestad de la Sede apostólica, que solicitaba de ella la confirmación de éste como de los restantes cánones. Es más, Calcedonia marca el momento en que más explícitamente se inclinó el Oriente ante el magisterio de Roma en materia de fe y de disciplina (Vid. P. Battifol. Le siege apostolique, París, 1924, p. 618). (N. del R.)

Zenón (474-491). Los Isauricos. Odoacro y Teodorico el Ostrogodo. El Henótico.

A la muerte de León I (474). le sucedió su nieto León, niño de seis años. León II murió el mismo año que su abuelo, después de haberse asociado al Imperio a su padre, Zenón (474-491)- Bajo éste, a la antigua influencia germánica substituyó en la corte otra nueva influencia bárbara, la de los isáuricos, raza salvaje a la que pertenecía el emperador por su origen. Los isáuricos ocupaban los mejores puestos y las dignidades más elevadas de la capital. Pero pronto advirtió Zenón que entre sus propios compatriotas había conjuraciones contra él, y, dando muestras de gran decisión, ahogó la revuelta en las montañas de la misma Isauria, donde hizo demoler la mayoría de las fortalezas. Sin embargo, la influencia isaúrica en el Imperio persistió hasta la muerte de Zenón.

La época de Zenón fue señalada en Italia por graves acontecimientos. En la segunda mitad del siglo V, la influencia de los jefes de las compañías germánicas había crecido mucho. Llegó el momento en que pudieron hacer y deshacer a su albedrío emperadores de Occidente. En 476, uno de esos jefes bárbaros, Odoacro (Odovacar), derribó al último emperador de Occidente, el joven Rómulo Augústulo, y se apoderó del trono de Italia. No obstante, quiso legitimar su nombramiento y, en nombre del Senado romano, envió una embajada a Zenón, asegurándole que Italia no necesitaba un monarca distinto y que su emperador debía ser Zenón. Al mismo tiempo, Odoacro pedía a Zenón eme le confiriese la dignidad de patricio romano, dándole, por delegación, el gobierno de Italia. La petición fue otorgada y Odoacro se convirtió en legítimo señor de Italia. Hasta hace cierto tiempo, se ha considerado el año 476 como el de la caída del Imperio romano de Occidente, pero esto es falso, porque en el siglo V no existía aún un Imperio romano de Occidente diferente al de Oriente. Había habido, como antes, un Imperio romano gobernado por dos emperadores, uno en la zona occidental y otro en la oriental. En el año 476 hallamos que sólo hubo un emperador: Zenón, el de la “pars orientalís.”

Odoacro, dueño de Italia, se conducía de una manera cada vez más independiente. Zenón no lo ignoraba. Pero no le pareció oportuno marchar contra él en persona a la cabeza de sus tropas y decidió castigarle por medio de los ostrogodos. Éstos, a partir de la disgregación del Imperio de Atila, vivían en Panonia, desde donde, conducidos por su rey Teodorico, ejecutaban incursiones devastadoras en la Península Balcánica, amenazando la misma capital del Imperio. Zenón logró desviar la atención de Teodorico hacia las ricas provincias de Italia. Así daba dos golpes con una piedra, desembarazándose de sus peligrosos enemigos del norte y resolviendo, con ayuda de una fuerza extranjera, las dificultades suscitadas por el indeseable gobernador de Italia. En cualquier caso, Teodorico era menos peligroso en Italia que en los Balcanes.

Teodorico marchó sobre Italia, batió a Odoacro, se apoderó de Ravena, principal plaza fuerte del vencido, y, a la muerte de Zenón, fundó en la Península Itálica un reino ostrogodo con capital en la misma Ravena. La Península Balcánica se había desembarazado definitivamente de los ostrogodos.

El principal problema interior durante el reinado de Zenón fue el religioso, que siguió provocando trastornos en todo el Imperio, a causa de las diversas corrientes nacidas en la Iglesia. Egipto, Siria, parte de Palestina y del Asia Menor, seguían firmemente adeptas del monofisismo. La rigurosa política ortodoxa de los dos predecesores de Zenón no había sido aprobada en las provincias orientales. Los jefes de la Iglesia se daban perfecta cuenta de la gravedad de la situación, y el patriarca de Constantinopla, Acacio—que al principio alabara las decisiones del concilio de Calcedonia,— así como el patriarca de Alejandría, Pedro Mongo, sentíanse muy deseosos de hallar una salida conciliadora a una situación tan difícil. Propusieron, pues, a Zenón hacer un esfuerzo para reconciliar a los adversarios mediante concesiones recíprocas. Zenón, aceptando la propuesta, publicó el 482 el edicto de unión o Henótico (ένωτικον), que fue dirigido a las iglesias de la jurisdicción del patriarca de Alejandría. El fin principal del edicto era no ofender a los ortodoxos ni a los monofisistas sobre la cuestión de la unión en Jesucristo de las dos naturalezas, divina y humana. El Henótico reconocía como imprescriptibles los principios religiosos desarrollados en los dos primeros concilios ecuménicos y confirmados en el tercero; anatematizaba a Nestorio y Eutiques y a sus partidarios, y declaraba que Jesucristo era “de la misma naturaleza que el Padre en su naturaleza divina y también de la misma naturaleza que nosotros en su naturaleza humana,” pero a la vez evitaba emplear las expresiones “una naturaleza” o “dos naturalezas” y pasaba en silencio la declaración del concilio de Calcedonia respecto a la unión de las dos naturalezas en el Cristo. El concilio de Calcedonia sólo era mencionado una vez y en estos términos: “Y aquí anatematizamos a todos aquellos que han sostenido, ahora o en otro momento, en Calcedonia o todo otro sínodo, toda otra opinión diferente.” (1)

(1) Evagrio, Htist. ecl., III, 14, ed. Bidez-Parmentier, Londres, 1898, p. 113. Crónica siria, atribuida a Zacarías de Mitilene, V, 8, raduc-ción de Hamilton y E. W. Brooks (Londres, 1899), p. 123.

El Henótico parecía en principio tender a una unión con los disidentes pero al cabo no satisfizo ni a los ortodoxos ni a los monofisistas. (1) Los primeros no podían aceptar las concesiones hechas a los monofisístas y los otros consideraban éstas como insuficientes, dado lo impreciso de las expresiones del Henótico. Con ello, el Henótico aportó nuevas complicaciones a la vida religiosa de Bizancio, aumentando el número de las sectas. Parte del clero hizo suya la idea reconciliatoria, y mantuvo el edicto de unión, mientras los extremistas del lado ortodoxo y los del monofisista se negaban a todo compromiso. Los ortodoxos intransigentes fueron llamados “Akoimetoi,” o “Veladores.” En efecto, en sus conventos se celebraban Oficios de manera ininterrumpida, de modo que ellos habían tenido que distribuirse en tres “equipos.” Los monofisistas extremistas fueron llamados “Akephaloi” o “Sin Cabeza,” puesto que no reconocían la autoridad del patriarca de Alejandría, que había aceptado el Henótico. El Papa de Roma protestó también contra el Henótico. El mismo Papa examinó con detenimiento los males que afligían al clero oriental, descontento del edicto; luego estudió el edicto de unión en sí mismo y decidió excomulgar y anatematizar al patriarca de Constantinopla, Acacio, en un concilio reunido en Roma. Acacio replicó dejando de nombrar al Papa en sus oraciones. Éste fue, hablando en puridad, el primer cisma real entre las Iglesias de Occidente y Oriente, y se prolongó hasta 518, fecha de la exaltación de Justino I. Así, la escisión política de las partes oriental y occidental del Imperio, ya acusada en el siglo V con la fundación de los reinos bárbaros de Occidente, se agravó más en el reinado de Zenón a causa del cisma religioso. (2)

(1) Sabido es que los monofisitas, al menos en el siglo VI, renegaban por igual de Nestorio y de Eutiques. V. J. Maspero, Plistoria de los patriarcas de Alejandría (París, 1923), páginas 1-3.

(2) Se hallará un entusiástico retrato de Zenón en la Vida de San Daniel el Estilita, C. 91, p. 205-206, y Les saints stylites, p. 85. Bayncs en The Engüsh Historical Review, 4° (1925) P- 402.

Anastasio I (491-518). La Guerra Pérsica. Las Incursiones Búlgaras y Eslavas.

Las Relaciones con Occidente.

A la muerte de Zenón, su viuda, Ariadna, fijó su elección en un hombre de bastante edad (61 años), llamado Anastasio, originario de Dyrrachium y que ejercía en la Corte el empleo harto humilde de silenciario. (Llamábase “silentiarius” a los ujieres que permanecían en las puertas durante las reuniones del Consejo imperial o las audiencias del emperador.) Anastasio no fue coronado emperador sino después de firmar una declaración donde se comprometía a no introducir novedad alguna en la Iglesia. El patriarca de Constantinopla, partidario convencido del concilio de Calcedonia, insistió en obtener esta garantía.

El primer problema que Anastasio hubo de resolver fue el de los isáuricos, que habían adquirido bajo Zenón tanto poder. Su situación privilegiada irritaba a los moradores de la capital. Al descubrirse que, a la muerte de Zenón, habían organizado una conjura contra el nuevo emperador, Anastasio resolvió a obrar y lo hizo con celeridad. Les quitó los cargos importantes que ocupaban, les confiscó sus bienes y los arrojó de la capital. Esta medida fue seguida de una lucha extremamente larga y difícil y sólo tras seis años de combates fueron los isáuricos sometidos por completo en su país de origen A muchos de ellos se les deportó a Tracia. Anastasio rindió al Imperio un gran servicio al resolver por completo la cuestión isáurica.

Entre los hechos de la historia exterior son de notar, de una parte, la larga e infructuosa guerra contra Persia, y de otra, los sucesos de la frontera danubiana, que debían tener consecuencias muy graves para la historia ulterior. Después de la partida de los ostrogodos hacia Italia, la frontera del norte sufrió, durante el reinado de Anastasio, incursiones devastadoras de los búlgaros, los getas y los escitas.

Los búlgaros, que invadieron las fronteras bizantinas en el siglo V, eran, como vimos, un pueblo de origen húnico (turco). Su nombre aparece por primera vez en la Península Balcánica durante el reinado de Zenón, en conexión con las emigraciones ostrogóticas al norte del Imperio bizantino.

En cuanto a los nombres, asaz poco precisos, de getas y escitas, ha de recordarse que los cronistas de la época no estaban bien informados sobre la composición etnográfica de los pueblos del norte, por lo cual es probable que esos términos se aplicaran a agrupaciones heterogéneas. Los historiadores consideran verosímil que ciertas tribus eslavas entren en tal apelativo.

Teofilacto, escritor bizantino del siglo VII (1) llega a identificar por completo a los getas con los eslavos. Así, durante el reinado de Anastasio los eslavos inician sus incursiones en los Balcanes, a la vez que los búlgaros. Según un historiador, “jinetes géticos” devastaron Macedonia, Tesalia, el Epiro y llegaron hasta las Termópolis. (2) Ciertos sabios opinan que los eslavos penetraron en la Península Balcánica en un período más remoto. El sabio ruso Drinov, por ejemplo, apoyándose en el estudio de los nombres geográficos y de personas en la Península, coloca los principios de la colonización eslava en la zona de los Balcanes a fines del siglo II de J.C. Hoy esta teoría ha sido abandonada. (3)

Las invasiones de búlgaros y eslavos bajo Anastasio no tenían importancia grande: aquellas bandas de bárbaros volvían a sus lugares de procedencia después de haberse entregado al pillaje entre la población bizantina. Pero semejantes incursiones fueron precursoras de las grandes invasiones eslavas que hubo en los Balcanes en el siglo VI, bajo el reinado de Justiniano.

A fin de proteger la capital contra los bárbaros nórdicos, Anastasio hizo construir en Tracia, cuarenta kilómetros al oeste de Constantinopla, la “Muralla Larga,” que iba del mar de Mármara al mar Negro, “haciendo — dice una fuente — de la ciudad una isla en vez de una península.” (4)Pero aquel muro no justificó las esperanzas que se habían fundado en él, porque en virtud de su edificación acelerada y de las brechas que en él abrieron los temblores de tierra, no constituyó un obstáculo serio ni impidió a los enemigos acercarse a la capital. Las modernas fortificaciones turcas de Chataldya, elevadas casi en el mismo lugar, son en cierto modo una reedición de la obra de Anastasio, de la que aun hoy existen algunos vestigios.

(1) Theophylacti Simocattae, Historia, III, 4, 7, ed. De Boor (1887), p. 116. V. Bury, tomo I, p. 434-436.

(2) Marcelino Comilis, Chronicon, ad annum 347, ed. Mommsen, Chronica Minora (1893), tomo II, p. 100.

(3) Drinov, La ocupación eslava en la Península Balcánica (Moscù, 1873), (en ruso).

(4) Evagrio, Hist. ecl., III, 38, ed. Bidéz Parmentier, p. 136..

En la Europa occidental estaban en vías de producirse nuevos e importantes cambios. Teodorico se había hecho rey de Italia. En el lejano noroeste, Clodoveo había fundado un reino franco antes de que Anastasio ascendiese al trono. Aquellos dos reinos estaban establecidos en territorios pertenecientes al emperador romano, que era, de hecho, bizantino. En rigor, no cabía hablar de una dependencia verdadera del lejano reino franco a Constantinopla, pero, ante los ojos de los pueblos sometidos, el poder de los conquistadores debía, para ser legitimado, recibir una confirmación oficial en las orillas del Bósforo. Así, cuando los godos proclamaron rey de Italia a Teodorico, “sin esperar — dice un cronista contemporáneo — las instrucciones del nuevo príncipe,” (1) es decir, de Anastasio, Teodorico pidió a este último que le enviase las insignias del poder imperial, devueltas antes a Zenón por Odoacro.

Tras largas negociaciones y previo el envío de varias embajadas a Constantinopla, Anastasio reconoció a Teodorico como soberano de Italia, y el godo se hizo así monarca legítimo a los ojos del pueblo. (2) Pero los sentimientos arríanos de los godos impedían un acercamiento más íntimo entre ellos y los representantes populares de Italia.

A Clodoveo, rey de los francos, Anastasio le envió un diploma confiriéndole el título de cónsul. Clodoveo lo recibió con gratitud.(3) No era, por supuesto, más que un consulado honorífico, que no implicaba el ejercicio de las funciones inherentes a aquel grado. Pero para Clodoveo tenía, con todo, una gran importancia. La población romana de la Galia consideraba al emperador de Oriente como la encarnación del poder supremo, y único que podía dispensar todos los demás poderes. El diploma de Anastasio demostró a la población gala la legitimidad del poder que Clodoveo ejercía sobre ella. Clodoveo pasaba a ser una especie de virrey de Galia, que teóricamente pertenecía al Imperio romano. Estas relaciones del emperador bizantino con los reinos germánicos demuestran que a fines del siglo V y principios del VI la idea de un Imperio único era muy fuerte todavía.

(1) Anónimo Valesiano, par. 57, ed. Gardthausen (1875), p. 295, en el II vol. de su ed. de Amiano Marcelino; ed. Mommscn, Chronica Minora, t. I, p. 322.

(2) V. J. Sundivall,.-Abhandlugen zur Gescliichte des ausgehcnden Rómertums (Hdsingfors, 1919), p. 190-239.

(3) Grcgorii Turonensis, Historia Francorum, II, 38 (XXVIII); ed. por H. Omont y G. Collón, rev. por Poupardin (París, 1913), p. 72.

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