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Historia del Imperio Bizantino. (11) (Spanish, Ισπανικά)

25 Σεπτεμβρίου 2009

theodora

Continuación de la (10)

Justiniano el Grande y sus Sucesores. (518-610).

Los sucesores de Zenón y Anastasio se atuvieron, en su política exterior tanto como en su política religiosa, a caminos absolutamente opuestos a los adoptados por aquellos dos emperadores: es decir, se volvieron de Oriente a Occidente.

Los Emperadores del Período 518-610.

Entre los años 518 y 578, el trono estuvo ocupado por los emperadores siguientes: primero, Justino, el Viejo (518-527), jefe de la guardia imperial (1), que fue elevado fortuitamente a la púrpura a la muerte de Anastasio; después su ilustre sobrino Justiniano, el Grande (527-565), y, en fin, un sobrino de este ultimo, Justino II, conocido por Justino el Joven (565-578). A los nombres de Justino y Justiniano está ligado estrechamente el problema de su origen.

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Muchos sabios han tenido durante largo tiempo como un hecho el origen eslavo de Justino y Justiniano. Esta teoría se fundaba en una biografía del emperador Justiniano debida al parecer al abate Teófilo, profesor de Justiniano, y publicada por el conservador de la Biblioteca Vaticana, Nicolás Alemannus, a principios del siglo XVII. En esa “Vida” se halla a Justiniano y a sus padres mencionados por diversos nombres, con los cuales habían, según el autor, sido conocidos en sus países de origen. De acuerdo con las más doctas autoridades en materia de estudios eslavos, tales nombres serían eslavos, como el de Justiniano: “Upravda” (“la verdad,” “la justicia”). El manuscrito de Alemannus fue descubierto y estudiado a fines del siglo XIX (1883) por el sabio inglés Bryce, y éste ha demostrado que tal manuscrito, compuesto a principios del siglo XVII, era de carácter legendario y no tenía valor histórico alguno. Por tanto, hoy se debe eliminar en absoluto la teoría del origen eslavo de Justiniano.(1) Cabe, apoyándose en ciertas fuentes, considerar a Justino y Justiniano como probablemente iliríos o acaso albaneses. En todo caso, Justiniano nació en una población de Macedonia, no lejos de la actual ciudad de Uskub, cerca de la frontera albanesa. Algunos sabios hacen remontar su familia a los colonos romanos de Dardania, esto es, de la Macedónia superior.(2) Así, los tres primeros emperadores de este período fueron ilirios o albaneses, pero iliríos y albaneses romanizados. Su lengua materna era el latín.

(1) Era conde de los Excubítores, un regimiento de la guardia.

El débil Justino II murió sin hijos. A instigación de su mujer, Sofía, adoptó al tracio Tiberio, comandante del ejército imperial, y le designó cesar. En esta ocasión Justino pronunció un discurso muy interesante, que ha llegado hasta nosotros en su forma original, esto es, “estenografiado” por los escribas. Este discurso, sincero y contrito, produjo honda impresión en los contemporáneos. (3) He aquí algunos de sus pasajes:

“Sabe que es Dios quien te bendice y te confiere esta dignidad, y no yo… Honra como a tu madre a la que ha sido hasta aquí tu reina; no olvides que antes has sido su esclavo y ahora eres su hijo. No te complazcas en derramar sangre; no te hagas cómplice de muertes; no devuelvas mal por mal y te hagas impopular como yo… Que este boato imperial no te enorgullezca como me enorgulleció a mí… Presta atención al ejército; no estimules a los delatores y no dejes que los hombres digan de ti: “Su predecesor era tal y tal”; porque te hablo por mi propia experiencia.” (4)

(1) J. Bryce, Life of Justinian by Theopilus, en el Archivio della Reale Societa Romana di Storia Patria, t. X {Roma. 1887), p. 137-171, y en la English Historical Review, t. II (1887), p. 657-684.

(2) Jirecek, Geschichte der Serben (Gotha, 1911), t. I, p. 36. Bury, t. II, p. 18, n. 3. Sobre el origen de Justiniano, v. A. Yasilícv, El problema del origen eslavo de Justiniano (Bizantinski Vremennik, t. I (1894), p. 469-492, en ruso).

(3) El texto del discurso se hallará en Teofilacto Simocatta, III, II, ed. de Boor, páginas 132-133. Evagrio, V, 13. Juan de Efeso, III, 5. En un artículo muy interesante a propósito de ese discurso, el sabio ruso V. Valdenberg demuestra que esos tres escritores nos dan tres versiones diferentes de la misma arenga. (V. Valdenberg, Un discurso de Justino II a Tiberio, en el Boletín de la Academia de Ciencias de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Leningrado, 1928, n. 2, p. 129. en ruso.)

(4) Según la trad. dada por Bury de la versión de Teofilacto (Bury, t. II (1889), p. 77-78).

A la muerte de Justino II, Tiberio reinó con el nombre de Tiberio II (578-5855). Con él terminó la dinastía de Justiniano. Su sucesor fue su yerno Mauricio (582-602). Las fuentes no están acordes sobre el origen de Mauricio. Algunos pretenden que su familia procedía de la lejana población capadocia de Arabissus (1) — cerca de la actual Elbistán—-, mientras, otros, aunque llamándole capadocio, declaran que fue el primer griego que ascendió al trono bizantino.(2) En rigor no hay contradicción entre los términos, porque es muy posible que Mauricio fuera en realidad el primer emperador de raigambre griega, aunque naciese en Capadocia. (3) Pero, según otra tradición, era romano.(4) Finalmente, Kulakovski considera probable que Mauricio fuese de origen armenio, porque la población indígena de Capadocia era armenia.(5) El ultimo emperador del período justinianeo fue el tirano tracio Focas (602-610), que destronó a Mauricio.

Justino I

Desde su exaltación al trono, Justino I abandonó la política religiosa seguida por sus dos predecesores inmediatos, aproximándose definidamente a los adeptos de la doctrina de Calcedonia y abriendo una serle de furiosas persecuciones contra los monofisistas. El gobierno se reconcilió con Roma y así concluyó el desacuerdo entre las Iglesias oriental y occidental, que se remontaba al reinado de Zenón y al Henótico. La política religiosa de los emperadores de este período fue ortodoxa y el Estado se enajenó, una vez más, la simpatía de sus provincias orientales.

(1) Evagrio, Hist. ecl., t. V, p. 19. Juan de Efeso, Hist. ed., V, p. ai.

(2) Paulo Diácono, Historia Longobardorum, III, 15.

(3) V. Stein, Studien, p. 100, n.° s.

(4) Evagrio, t. V, p. 19.

(5) f. A. Kulakovski, Historia del Imp. Bizant., t. II, p. 419 (en ruso)

(6) Diehl, Figures byzantines, París, 1906, t. I, p. ,56.

Justiniano el Grande. Teodora.

Justino I tuvo por sucesor a su sobrino Justiniano (527-565), la figura más importante de toda su época.

Al nombre de Justiniano está íntimamente vinculado el de su esposa Teodora, una de las mujeres más interesantes de la historia bizantina. La “Historia secreta,” de Procopio, contemporáneo de Justiniano, pinta con colores muy vivos la vida borrascosa de Teodora en sus años juveniles. De creer al autor, la hija del guardián de los osos del Hipódromo vivió en la atmósfera viciada del teatro de aquella época, y sus aventuras galantes fueron numerosas. Había recibido de la naturaleza una gran hermosura, gracia, inteligencia e ingenio. Según Diehl, “divirtió, encantó y escandalizó a Constantinopla.(6) Procopio cuenta que la gente honrada, cuando la encontraba en la calle, cambiaba de camino para no macular sus vestiduras al contacto de ella. (1) Pero estos detalles vergonzosos sobre la juventud de la futura emperatriz deben ser acogidos con las mayores reservas, porque todos emanan de Procopio, quien, en su Historia secreta, se propone, ante todo, difamar a Justiniano y a Teodora. Después de los años tempestuosos de la primera parte de su vida, Teodora desapareció de la capital y permaneció en África algunos años. De vuelta a Constantinopla ya no era la actriz de antes. Había dejado la escena y llevaba una vida de retiro, dedicando gran parte de su tiempo a hilar y testimoniando el interés más vivo por las cuestiones religiosas. En esta época la vio por primera vez Justiniano. Su belleza causó en él viva impresión. Hizo acudir a Teodora a la corte, la elevó al rango de patricia y a poco casó con ella. Al ser hecho Justiniano emperador, su mujer se convirtió en emperatriz. En su nuevo papel, Teodora se mostró a la altura de la situación, manteniéndose fiel a su marido, interesándose en los asuntos del Estado, demostrando gran penetración y ejerciendo considerable influencia sobre Justiniano en materias de gobierno. Durante la sublevación del 532, de la cual hablaremos después, Teodora cumplió un papel de importancia durante la gestión imperial de su marido. Con su sangre fría y su energía extraordinarias, probablemente salvó al Estado de nuevas convulsiones y lo apoyó a Justiniano en momentos donde las decisiones políticas al emperador, lo hacían dudar por su impacto en el Imperio. En lo religioso, manifestó con franqueza sus preferencias por el monofisismo, en lo que fue opuesta a su marido, que vacilaba y que, si bien haciendo concesiones al monofisismo, se aferró a la ortodoxia en el curso de todo su largo reinado. En este punto Teodora acreditó comprender mejor que Justiniano la importancia de las provincias orientales monofisistas, que eran de hecho las zonas vitales del Imperio.

Teodora murió de cáncer el 548, mucho antes que Justiniano. (2) En el famoso mosaico de la iglesia de San Vital, de Ravcna, — mosaico que se remonta al siglo VI ,— Teodora aparece en hábitos imperiales, rodeada de su corte. Los historiadores eclesiásticos contemporáneos de Teodora, así como los historiadores posteriores, han juzgado a la emperatriz con gran severidad. No obstante, en el almanaque ortodoxo, en la fecha 14 de noviembre, se lee: “Asunción del soberano ortodoxo Justiniano aniversario de la reina Teodora.”

(1) Procopio, Historia Arcana, 9, 25, ed. Haury. p. 60-61.

(2) Victoria Tonnennensis, Chronica, s. a. 549: Theodora Augusta Chalcedonensis synodi initnica canceris plaga corpore tota perfusa vitam prodigiose finivit (Chronica Minora, edición Mommsen, t. II, p. 202).

La Política Exterior de Justiniano y su Ideología.

Las numerosas guerras de Justiniano fueron en parte ofensivas y en parte defensivas. Las unas fueron sostenidas contra los Estados germánicos bárbaros de la Europa occidental; las otras contra Persia al este y los eslavos al norte.

Justiniano dirigió el grueso de sus fuerzas a Occidente, donde la actividad militar de los ejércitos de Bizancio quedó coronada por brillantes éxitos. Los vándalos y los ostrogodos hubieron de someterse al emperador bizantino. Los visigodos experimentaron también, aunque en menor grado, el poder de Justiniano. El Mediterráneo se convirtió, por decirlo así, en un lago bizantino. En sus decretos, Justiniano pudo darse el nombre de Caesar Flavius Justinianus, Alamannicus, Gothicus, Francicus, Germanicus, Anticus, Alanicus, Vandalicus, Africanus. Pero este anverso brillante de su política exterior tuvo un reverso. El éxito se pagó caro, muy caro para el Imperio, porque tuvo como consecuencia el agotamiento económico completo del Estado bizantino. Además, al trasladarse los ejércitos a Occidente, el Oriente y el Norte quedaron abiertos a las invasiones de los persas, los eslavos y los hunos.

A juicio de Justiniano, los germanos eran los mayores enemigos del Imperio. Así reapareció la cuestión germánica en el Imperio bizantino durante el siglo VI, con la única diferencia de que en el siglo V eran los germanos quienes atacaban al Imperio, mientras en el VI fue el Imperio el que atacó a los germanos.

Justiniano, al subir al trono, se tornó en representante de dos grandes ideas: la idea imperial y la idea cristiana. Considerándose sucesor de los Cesares romanos, creyó su sacrosanto deber reconstituir el Imperio en sus límites íntegros de los siglos I y II. Como emperador cristiano, no podía tampoco permitir a los germanos arríanos oprimir a las poblaciones ortodoxas. Los emperadores de Constantinopla, en su calidad de herederos legítimos de los Cesares, tenían derechos históricos sobre la Europa occidental, ocupada por los bárbaros. Los reyes germánicos no eran sino vasallos del emperador bizantino, que había delegado en ellos el poder sobre Occidente. El rey franco Clodoveo había sido elevado a la dignidad de cónsul por el emperador Anastasio, y el mismo Anastasio había confirmado oficialmente los poderes del rey ostrogodo Teodorico. Cuando decidió iniciar la guerra contra los godos, Justiniano escribía: “Los godos, que se han apoderado por la violencia de nuestra Italia, se han negado a devolverla.” (1) Él seguía siendo soberano natural de todos los gobernadores que había dentro de los límites del Imperio romano. Como emperador cristiano, había recibido la misión de propagar la verdadera fe entre los infieles, ya fuesen herejes o paganos. La teoría emitida por Eusebio de Cesárea en el siglo IV conservaba su vigencia en el VI. Ella se halla en la base de la convicción de Justiniano, persuadido de que era su deber restaurar el Imperio romano único, el cual, según los términos de una novela (2), alcanzaba antaño las orillas de los dos océanos, habiéndolo perdido los romanos por negligencia. De esta antigua teoría se desprende también la otra convicción de Justiniano de que debía introducir en el Imperio reconstituido una fe cristiana única, tanto entre los paganos como entre los cismáticos. Tal fue la ideología de Justiniano, quien llevó tan ambiciosa política, tal cruzada, al sueño de la sumisión de todo el universo conocido entonces.

(1) Procopio, De bello gothico, I, 5, 8, cd. Haury, II, 26.

(2) Justiniano, Novelas, 30 (44), II, ed. Zacarías von Lingenthal, I, 276. El texto de la Novela está citado por Lot en La fin du monde antique, p. 299-300: “Dios nos ha concedido el llevar a los persas a concluir la paz, el someter a vándalos, alanos y moros, el recobrar toda África y Sicilia, y tenemos buena esperanza de que el Señor nos concederá lo restante de este Imperio que los romanos de antaño extendieron hasta los límites de los dos océanos y perdieron por indolencia.”

Pero no se debe olvidar que esas grandiosas pretensiones del emperador sobre las zonas perdidas del Imperio romano no eran exclusivamente convicciones personales suyas. Análogas reivindicaciones parecían naturales en absoluto a los pobladores de las provincias ocupadas por los bárbaros. Los indígenas de aquellas provincias caídas bajo la dominación arriana veían en Justiniano su único defensor. La situación del África del Norte bajo los vándalos era especialmente difícil de soportar, porque los vándalos habían entablado severas persecuciones contra la población ortodoxa indígena, aprisionando a muchos ciudadanos y representantes del clero y confiscando los bienes de la mayoría. Emigrados y desterrados africanos, y entre ellos numerosos obispos ortodoxos, acudían a Constantinopla implorando al emperador que atacase a los vándalos y asegurándole que un levantamiento general de los indígenas acompañaría semejante tentativa.

Disposiciones análogas se hallaban en Italia, donde la población indígena, a pesar de la persistente tolerancia religiosa de Teodorico y del muy desarrollado gusto de éste por la civilización romana, seguía sintiendo un descontento profundo y volvía sus miradas a Constantinopla, en la esperanza de que ésta ayudaría a librar Italia de la dominación de los invasores y a restablecer la fe ortodoxa. Los propios reyes bárbaros alentaban las ambiciosas aspiraciones del emperador, puesto que continuaban mostrando el más profundo respeto por el Imperio, probando por todos los medios su adhesión al emperador, solicitando títulos honoríficos romanos, acuñando su moneda con la imagen del soberano imperial, etc. De buen grado habrían repetido, con expresión de Diehl, (1) la frase de aquel príncipe visigodo: “El emperador es un dios sobre la tierra y quien levante su mano sobre él debe expiarlo con su sangre.” (2)

Aunque la situación de África e Italia fuese favorable al emperador, las guerras emprendidas por él contra ostrogodos y vándalos habían de ser extremamente difíciles y largas.

En curso…