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Historia del Imperio Bizantino. (16) (Spanish, Ισπανικά)

15 Οκτωβρίου 2009

constantinople

Continuación de la (15)

El Comercio Bajo Justiniano. Cosmas Indicopleustes. Las Fortificaciones.

El período de Justiniano marcó con una huella muy rotunda la historia del comercio bizantino. En el período cristiano, como en los tiempos del Imperio romano pagano, el comercio se mantenía sobre todo con Oriente. Los objetos de comercio más raros y preciosos llegaban de los remotos países chinos e hindúes. La Europa occidental, entonces en el estadio de la formación de nuevos Estados germánicos—algunos de los cuales fueron conquistados por los generales de Justiniano,— vivía en condiciones muy desfavorables para el desarrollo de una vida económica propia. El Imperio romano de Oriente, con su capital, tan ventajosamente situada, se convirtió, por fuerza de las cosas, en intermediario entre Oriente y Occidente, papel que conservó hasta las Cruzadas.

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Pero el Imperio bizantino mismo no estaba en relación comercial directa con los países del Extremo Oriente, sino que el Imperio persa de los Sasánidas le servía de intermediario, hallando enormes beneficios en las transacciones que practicaba con los mercaderes bizantinos. Hacia el Lejano Oriente existían entonces dos rutas, una terrestre, marítima la otra. Desde las fronteras occidentales de China llegaban las caravanas hasta la Sogdiana (hoy Bukhara) y la frontera persa y las mercancías pasaban de manos de los traficantes chinos a las de los persas, quienes las transportaban hasta las aduanas del Imperio bizantino. La vía marítima comprendía las etapas siguientes: los mercaderes chinos llevaban sus géneros en barcos hasta la isla de Trapobana (Ceilán), al sur de la península del Dekan. Allí las mercancías chinas eran transbordadas a buques, persas en su mayoría, que las llevaban por el océano índico y el golfo Pérsico a las desembocaduras de los ríos Tigris y Eufrates. Remontando este último río, alcanzaban la aduana bizantina sita en sus márgenes. Así que el comercio de Bizancio con Oriente dependía muy estrechamente de las relaciones que hubiera entre Persia y Bizancio, y como las guerras persobizantinas se habían hecho crónicas, las relaciones mercantiles de Bizancio con Oriente sufrían graves trabas y constantes interrupciones. El principal artículo comercial era la seda de China, cuyo secreto de fabricación celaban los chinos muy estrictamente. Las dificultades de la importación de la seda hacían subir mucho su precio y el de sus derivados en los mercados bizantinos. A más de seda, China y la India exportaban a Occidente perfumes, especias, algodón, piedras preciosas y otros artículos que hallaban en Bizancio vasta salida.

Deseoso de sacudir la dependencia económica de Bizancio respecto a Persia, Justiniano trató de encontrar otra vía comercial hacia la India y la China, vía que necesitaba ser exterior a la esfera del dominio pérsico.

Bajo Justiniano se publicó un notable escrito que nos da valiosos informes sobre la geografía de las cuencas del mar Rojo y océano índico, así como sobre las relaciones comerciales con la India y China. Nos referimos a la Topografía o Cosmografía cristiana, escrita por Cosmas Indicopleustes (1) a mediados del siglo VI.

Cosmas, natural de Egipto — y probablemente de Alejandría,— se dedicó al comercio desde su infancia, pero, descontento de las condiciones del comercio en su propio país, emprendió una serie de viajes lejanos, en cuyo transcurso visitó las orillas del mar Negro, la península del Sinaí, Etiopia (Abisinia), y acaso Ceilán. Cristiano y nestoriano, terminó su vida siendo monje. Su sobrenombre griego de Indicopleustes se encuentra ya en ediciones muy antiguas de su obra.

El objeto fundamental de la Topografía cristiana no ofrece gran interés aquí para nosotros, ya que Cosmas se proponía demostrar a los cristianos que, a pesar del sistema de Ptolomeo, la Tierra no tiene forma de esfera, sino más bien de una caja rectangular alargada semejante al altar del tabernáculo de Moisés. Sostenía, además, que el Universo entero posee una forma semejante a la de dicho tabernáculo. Pero la mucha importancia histórica de esa obra reside en los informes de orden geográfico y mercantil que nos da sobre la época de su autor. Éste informa concienzudamente al lector de las fuentes a las cuales ha apelado y da una apreciación muy completa de cada una de ellas. Separa sus propias observaciones, “hechas por un testigo ocular,” de los informes de otros testigos oculares y de los recogidos de versiones del boca en boca. . Describe como testigo de vista el palacio del rey de Abisinia en la ciudad de Axum, en el reino llamado de Axum, y habla detalladamente de varias interesantes inscripciones de Nubia y de las costas del mar Rojo. Habla también de la fauna africana e india y, sobre todo (y este es el punto más importante), nos da importantes datos sobre la isla de Ceilán (Trapobana), explicando la importancia comercial de esa isla en la Alta Edad Media. De su relato se desprende que en el siglo VI, Ceilán era un centro de comercio internacional entre China por una parte y por otra el África, Persia y, a través de Persia, Bizancio. Según Cosmas, “la isla, estando, como está, en una situación central, es muy frecuentada por naves que proceden de todas las partes de la India, y de Persia, y de Etiopía.” (2)

(1) Inrticopleustes equivale a “quien navega para la India” o “navegante en el océano Indico.”

(2) Cosmas, Topografía Cristiana, libro XX. Mignc, Patr. Gr., 88, col. 445, ed. Winstedt (Cambridge, 1909), p. 333.

Es interesante notar que, a pesar de la ausencia casi completa de relaciones comerciales directas entre Bizancio y la India, ya desde la época de Constantino el Grande se veían monedas bizantinas en los mercados hindúes. Probablemente no las llevaban allí mercaderes bizantinos, sino persas y abisinios (axumitas). En la India septentrional y meridional se han descubierto monedas con el cuño de los emperadores bizantinos de los siglos IV, V y VI, es decir, Arcadio, Teodosio, Marciano, León I, Zenón, Anastasio y Justino. (1) Y ello se debió a que en la vida económica internacional del siglo VI el Imperio bizantino desempeñaba un papel tan importante que, según Cosmas, “todas las naciones hacen su comercio con la moneda romana (la pieza de oro bizantina, nomistna o solidus), de una extremidad a otra de la tierra. Esta moneda es mirada con admiración por todos los habitantes, cualquiera que sea el Estado a que pertenezca, porque no hay Estado alguno donde exista otra semejante.” (2)

(1) V. R. Scwell, Román Coins in India (Journal of Asíatic Society, t. XXXVI [1904], p. 620-621). Khvostov, Historia del comercio orien-tal en el Egipto grecorromano (Kazan, 1907), p. ao. E. Warmington, The commerce between the Román Empirc and India (Cambridge, 1928), p. 140.

(2) Cosmas, ob. cit., libro II. Migne, col. 116, ed. Winstcdt, p. 81.

El mismo autor cuenta al propósito una historia muy interesante,.que muestra el profundo respeto que inspiraba en la India la nomisma bizantina. La historia, poco más o menos, reza así:

El rey de Ceilán había admitido a audiencia al mercader bizantino Sopatrus y a varios persas. Tras recibir sus saludos les mandó sentarse y les interrogó en qué estado se hallaban sus países y cómo iban sus respectivos asuntos. A lo que le contestaron: “Bien.” Más tarde, en el decurso de la plática, el rey preguntó: “¿Cuál de vuestros reyes es más grande y poderoso?” El decano de los persas, interviniendo con afán, dijo: “Nuestro rey es el más poderoso, el más grande y el más rico. Es, en verdad, el rey de reyes y puede hacer todo cuanto desee.” Sopatrus callaba. El rey le interpeló: “Y tú, romano, ¿nada tienes que decir? “¿Qué puedo yo decir —replicó Sopatrus — cuando tantas cosas ha dicho éste? Pero, si quieres saber la verdad, aquí tienes los dos reyes. Mira los dos tú mismo y verás cuál de ambos es más majestuoso y potente.” Expectante el rey a estas palabras, contestó: “¿Cómo puedes decir que tengo aquí los dos reyes?” “Tienes—argumentó Sopatrus—las monedas de los dos: la nomisma del uno y la dracma del otro. Examina las efigies de ambas y descubrirás la verdad.” Después de haberlas examinado, el rey declaró que los romanos eran una nación grande, poderosa y sabia. Hizo que se rindiesen grandes honores a Sopatrus, y, mandando montarle en un elefante, ordenó que se le condujera, a son de tambores, en torno a la ciudad. (1) Tales sucesos fueron contados por el mismo Sopatrus y los compañeros que iban con él desde Adula. Los persas recibieron no corto disgusto.

Además del interés históricogeográfico que presenta, la obra de Cosmas tiene también gran interés artístico, debido a las numerosas miniaturas que ilustran su texto. Es probable que algunas de esas miniaturas se deban al mismo autor. El manuscrito original del siglo VI no ha llegado a nosotros, pero los manuscritos posteriores de la Topografía cristiana contienen copias de las miniaturas originales y son, pues, una fuente preciosa para el estudio de la historia del arte bizantino — y especialmente alejandrino — primitivo. “Las miniaturas de la obra de Cosmas — dice N.P. Kondakov — son más características del arte bizantino de la época de Justíniano, o más bien de la parte brillante del reinado de dicho emperador, que ningún otro monumento de ese período, excepto algunos de los mosaicos de Ravena.” (2)

La obra de Cosmas, traducida después a lengua eslava, goza entre los eslavos de gran predicamento. Hay numerosas versiones rusas de la Topografía cristiana, y las acompañan retratos del autor y numerosos grabados y miniaturas de gran interés para la historia del arte de la antigua Rusia.(3)

Corno ya lo indicamos, Justiniano se proponía liberar el comercio bizantino de la dependencia de Persia. Para ello se necesitaba establecer relaciones directas con la India por el mar Rojo. En el ángulo nordeste de ese mar (golfo de Akaba) se abría el puerto bizantino de Aíla, desde donde las mercancías indias podían ser transportadas, por vía terrestre, remontando Palestina y Siria, hasta el Mediterráneo. En el ángulo noroeste del mar Rojo había otro puerto, Clisma (cerca de Suez), de donde partía un camino directo al Mediterráneo. En una de las islas sitas a la entrada del golfo de Akaba, en Jotaba (hoy Tiran), junto al extremo sur de la península del Sinaí, se estableció una aduana durante el reinado de Justiniano. (4) Pero las naves bizantinas que surcaban el mar Rojo no eran bastantes en número para sostener un comercio regular. Por eso Justiniano, como señalamos más arriba, quiso establecer relaciones estrechas con los abisinios cristianos y el reino de Axum y les persuadió de que comprasen seda en la India y la revendiesen al Imperio bizantino. Parece que quería que los abisinios desempeñasen el papel de corredores entre la India y Bizancio, en substitución de los persas. Pero los esfuerzos del emperador no tuvieron éxito, porque los abisinios no lograron contrarrestar la influencia de los persas en la India y el monopolio de la compra de la seda siguió en manos de los mercaderes pérsicos. De manera que Justiniano no pudo abrir nuevas vías mercantiles con Oriente. En los intervalos de paz los persas siguieron siendo intermediarios en la parte más importante del total de transacciones mercantiles bizantinorientales, obteniendo de ellas grandes beneficios.

(1) Cosmas, ob. cit., lib. XI, p. 338; Migne, 88, col. 448-449. Este relato parece tradicional, pues que Plinio cuenta otro análogo acerca de los embajadores enviados a Ceilán bajo el reinado de Claudio. Plinio, Historia Natural, VI, 85. V. T. E. Ternent, Ccylon (5.a ed., Londres, 1860), t. I, 5.a parte, cap. I, p. 566.

(2) Kondakov, Historia del arte bizantino considerado principalmente en las Miniaturas (Odesa, 1876), p. 88; ed. francesa (París, 1886), t. I, p. 138.

(3) V- E. Redin, La topografía cristiana de Cosmas Indicoplettstes, seeún las versiones griegas y rusas, ed. D. V. Ainalov (Moscú, 1916). La obra (en ruso) contiene muchos grabados y láminas.

(4) V. W. Heyd, Histoire du commerce du Levant, t. I. pág. 10. Diehl, Jutinien, página 390.

Pero la casualidad favoreció a Justiniano, ayudándole a resolver el problema del comercio de la seda, tan importante para el Imperio. Unos monjes, o, según otras fuentes, un persa, (1) lograron, burlando la vigilancia de los aduaneros chinos, pasar algunos capullos de gusanos de seda desde Serinda al Imperio bizantino, donde enseñaron a los griegos el secreto de la cría de dicho gusano. La nueva industria progresó rápidamente y en breve aparecieron grandes plantaciones de moreras. Se crearon y desarrollaron con rapidez fábricas de sedería. La más importante fue la de Constantinopla, pero hubo otras en las ciudades sirias de Beirut, Tiro y Antioquía, y más tarde en Grecia, sobre todo en Tebas. Existió una fábrica de seda en Alejandría y las llamadas sedas “egipcias” se vendían en Constantinopla. (2) La industria de la seda pasó a ser monopolio del Estado, suministrando al Gobierno un importante manantial de ingresos. Las sedas bizantinas se exportaban a toda Europa y ornaban los palacios de los reyes occidentales y las casas particulares de los mercaderes ricos. Justino, sucesor de Justiniano, pudo mostrar la fabricación de la seda en plena actividad a un embajador turco que se hallaba en su corte. (3) Pero por considerables rentas que la industria de la seda produjese, no podían bastar para mejorar la situación general, tan crítica, de la hacienda del Imperio.

(1) Procopio, De bello gothico, IV, 17 (ed. Haury, t. II, pág. 576). Según él, fueron varios monjes. Excerpta e Theophanis Historia, ed. Bonn, p. 484; ed. L. Dindorf, Historici graeci minores, t. I, p. 447. Según él, fue un persa. Se encontrará una plena confusión de hechos y nombres en F. Richthofen, China. Ergebnisse eigener Reisen und darauf gegründeter Studien, t. I (Berlín, 1877), p. 528-29, 550. La Serinda de Procopio se identifica con el Khotan. V. Richthofen, t. I, p. 550-51. Heyd, t. I, p. 12, y Bury, t. II, p. 332 y se adhieren a esa opinión.

(2) J. Ebersolt, Les arts somptuaires de Byzance (París, 1923), p. 12-13. G. Rouillard, L’Administration civile de l’Egypte byzantine (2.a ed. París, 1928), p. 83.

(3) Excerpta e Theophanis Historia, cd. Bonn, p. 484; Fr. Hist. Gr., t. IV, p. 270.

(4) Procopio, De aedificiis, II, I, 3-a ed., Bonn, p. 209; Haury, t. III, p. 2, 46.

Justiniano, preocupado de todo lo que interesaba a la vida del Imperio, emprendió la gigantesca tarea de defenderlo contra los ataques de los enemigos que lo rodeaban y para ello hizo construir una serie de fortalezas. En pocos años levantó en todas las fronteras del Imperio una línea casi ininterrumpida de fortificaciones (“castella”): en África del Norte, sobre el Danubio y el Eufrates, en las montañas de Armenia, en la lejana península de Crimea… Así restauró y amplió el notable sistema defensivo creado por Roma en épocas anteriores. Con su obra constructora, Justiniano, en frase de Procopio, “salvó el Imperio.” (4) Procopio también escribe en su mismo libro De aedificiis: “Si hubiésemos de enumerar todas las fortalezas elevadas en el Imperio por el emperador Justiniano (mencionándolas) a los hombres residentes en país lejanos y extranjeros e incapaces de comprobar personalmente nuestras palabras, estoy persuadido de que el número de esas construcciones les parecería fabuloso e increíble por completo..” (1) Aun hoy las ruinas que subsisten de las numerosas fortalezas erigidas en las fronteras del antiguo Imperio bizantino suspenden y pasman al viajero moderno.

Justiníano no limitó su actividad constructiva a trabajos de fortificación. Como emperador cristiano, presidió la erección de una gran cantidad de iglesias, entre ellas la incomparable Santa Sofía, de Constantinopla, de la que hablaremos después como de suceso que señala una época en la historia de Bizancio.

Todas las apariencias indican que fue también Justiniano quien hizo construir en las montañas de la lejana Crimea, en el centro de la colonia gótica que ya hemos mencionado, en Doru (más tarde Kankup), una gran iglesia o basílica donde, en el curso de investigaciones, se ha encontrado un fragmento de inscripción con el nombre de Justiniano. (2)

En curso…