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Historia del Imperio Bizantino. (18) (Spanish, Ισπανικά)

19 Οκτωβρίου 2009

Romans-Slavs-Avars

Continuación de la (17)

La Cuestión de los Eslavos en Grecia.

La penuria de fuentes relativas a las invasiones eslavas en la Península balcánica en la segunda mitad del siglo VI ha dado origen a una teoría que sostiene la completa eslavización de Grecia. Tal teoría, nacida a principios del segundo cuarto del siglo XIX, ha provocado vivas controversias científicas.

Entre 1830-30, toda Europa se apasionó, con profunda simpatía, por la causa de los griegos, que habían empuñado la bandera de la insurrección contra los turcos. Tras una resistencia heroica, aquellos hombres, que luchaban por la libertad, lograron la independencia, creando, con ayuda de las potencias europeas, un reino griego separado. Europa, entusiasmada, vio en aquellos héroes a los hijos de la antigua Hélade, reconociendo en ellos las características de Leónidas, de Epaminondas y de Filopomeno.

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Mas entonces se elevó, en una pequeña ciudad alemana, una voz que advirtió a la consternada Europa que por las venas de los habitantes del nuevo Estado griego no corría una sola gota de verdadera sangre helena; renueva el magnánimo impulso europeo en pro de los hijos de la sagrada Hélade se fundaba en un equívoco y que el antiguo elemento griego había desaparecido hacía mucho, siendo substituido por elementos etnográficos nuevos y completamente extraños a Grecia, ya que su origen era principalmente eslavo y albanés. El hombre que pública y valerosamente osó proclamar tan nueva teoría, que quebraba en sus fundamentos las creencias de la Europa de entonces, era Fallmerayer, a la sazón profesor de Historia general en un liceo alemán.

Leemos en el primer tomo de su libro Geschichte dar Halbinsel Morca Wdhrend des Mittelalters (“Historia de la península de Morca en la Edad Media”), obra publicada en 1830: “La raza helénica, en Europa, está completamente aniquilada. La belleza del cuerpo, los vuelos del espíritu, la sencillez de las costumbres, el arte, la palestra, las ciudades, la campiña, el lujo de las columnas y de los templos, el nombre mismo del pueblo han desaparecido del continente griego. Una doble capa de ruinas y de fango dejadas por dos razas nuevas y diferentes recubre las tumbas de los antiguos griegos. Las inmortales creaciones del espíritu de la Hélade y algunas ruinas antiguas sobre el suelo natal constituyen hoy el único testimonio de la existencia, en el pasado, del pueblo heleno. Y sin esas ruinas, sin esos montículos funerarios y esos mausoleos, sin su suelo y sin la desgraciada suerte de sus habitantes, sobre quienes los europeos de nuestra época han derramado, en un impulso de humana ternura, su admiración, sus lágrimas y su elocuencia, menester sería decir que sólo un vano espejismo, una imagen sin alma, un ser colocado fuera de la naturaleza de las cosas, ha emocionado las fibras más íntimas de sus corazones. Porque no hay una sola gota de verdadera sangre helena, pura de toda mezcla, en las venas de la población cristiana de la Grecia moderna. Una tempestad terrible dispersó sobre toda la extensión comprendida entre el Ister y los más apartados rincones del Peloponeso, una raza nueva, emparentada con el gran pueblo eslavo. Los eslavos-escitas, los arnauta-ilirios, los hijos de los países hiperbóreos, parientes de sangre de servios y búlgaros, dálmatas y moscovitas, tales son los pueblos que hoy llamamos griegos y cuyo origen hacernos remontar, con gran sorpresa de ellos mismos, a Feríeles y Filopomeno… La población, de rasgos eslavos, de cejas en forma de media luna, de pómulos pronunciados, de los pastores de las montañas albanesas, no es, a buen seguro, la posteridad de sangre de Narciso, de Alcibíades y de Antinoo. Sólo una imaginación romántica y desbordada puede en nuestros días soñar en el renacimiento de los helenos antiguos, con su Sófocles y su Platón.” (1)

Fallmerayer pensaba que las invasiones eslavas del siglo VI habían producido en el Imperio bizantino una situación tal que éste, sin haber perdido una sola provincia, no podía considerar como sus súbditos propiamente dichos sino los habitantes de las provincias costeras y de las ciudades fortificadas. La aparición de los avaros en Europa habría sido un hecho histórico de máxima importancia para Grecia, puesto que con ellos llegaron también los eslavos, impulsados por los primeros a la conquista del sacro suelo de la Hélade y el Peloponeso.

Fallmerayer fundaba principalmente su teoría en las indicaciones que se hallan en Evagrío historiador eclesiástico de fines del siglo VI, y el cual escribe en su historia: “Los avaros, habiéndose aproximado dos veces a las fortificaciones llamadas Murallas Largas, se apoderaron de Singidunum (Belgrado), de Anchialo y de toda Grecia, con otras ciudades y fortalezas, poniéndolo todo por doquier a sangre y fuego, en un momento en que las más de las fuerzas del Imperio estaban peleando en Oriente.” (2)

(1) Fallmerayer, db. cit., t. I, p. HI-XIV.

(2) Evagrio, Hist. ecl., VI, 10, ed. Bidez y Parmentier, p. 228.

La expresión “toda Grecia” permite a Fallmerayer hablar del exterminio de los griegos en el Peloponeso. Que Evagrio hable de “avaros” no le obstaculiza, ya que entonces avaros y eslavos practicaban juntos sus incursiones. Fallmerayer sitúa esa invasión concreía en el 589. Pero tal invasión, dice, no exterminó por completo a los griegos. Según Fallmerayer, el golpe final a la población griega lo asestó la peste, llegada de Italia el 746. Se halla mención de ese acontecimiento en un famoso pasaje de aquel escritor coronado del siglo x que se llamó Constantino Porfirogónito. Hablando del Peloponeso en una de sus obras, este autor observa que, después de aquella terrible peste, “todo el territorio fue eslavizado y se transformó en bárbaro.” (1) Según Fallmerayer, el año de la muerte del emperador Constantino Coprónímo (775) puede considerarse como la fecha en que el desolado país se pobló de eslavos, esta vez de manera completa y definitiva, comenzando poco a poco a cubrirse de ciudades y aldeas nuevas. (2)

En una obra posterior, Fallmerayer extiende sus conclusiones al Ática, sin aducir pruebas sólidas. En el segundo tomo de su Historia de la península de Morea presenta una nueva teoría “albanesa,” según la cual los grecoeslavos que habitaban Grecia fueron reemplazados y sometidos por colonos albaneses en el segundo cuarto del siglo XIV con lo que, según él, la revolución griega del siglo XIX ha sido, en realidad, obra de albaneses.

El primer adversario serio de Fallmerayer fue el historiador alemán Carlos Hopf. Éste había estudiado con agudeza el problema del establecimiento de los eslavos en Grecia, y en 1867 publicó una Historia de Grecia desde el principio de la Edad Media hasta nuestros días. Pero Hopf cae en otro extremo al querer disminuir a toda costa el papel del elemento eslavo en Grecia. Según él, las colonias eslavas en Grecia no existieron sino del 750 al 807. Antes de 750 Grecia no tuvo tales colonias. Respecto a la “eslavización” del Ática, Hopf demostraba que la teoría de Fallmerayer fundábase en un documento apócrifo. (3)

La abundante literatura sobre este tema, aunque a menudo contradictoria y divergente, nos permite llegar a las siguientes conclusiones: hubo en Grecia colonias eslavas muy importantes a partir de fines del siglo VI, pero su fundación no produjo la eslavización total del país ni el exterminio de los griegos. Además, diversas fuentes mencionan la presencia de eslavos en Grecia, sobre todo en el Peloponeso, durante toda la Edad Media y hasta el siglo VI. (4) La fuente más importante relativa a los principios de la eslavización de la Península balcánica — las Actas de San Demetrio — no ha sido utilizada debidamente por los sabios, incluyendo a Fallmerayer y Hopf.(5)

(1) Constantino Porfirogénito, De Thematibus, II, 53. Constantino emplea un verbo inusitado, de suerte que los historiadores traducen, ora “todo el país fue eslavizado,” ora “fue esclavizado.” Yo entiendo que es más correcta la traducción dada en el texto de este libro.

(2) Fallmerayer, t. I, p. 208:210.

(3) Hopf, Gesch. Griech. vom Beginn des Mitt. bis auf unsere Zeit, t. I (Leipzig, 1867), p. 103-119.

(4) A. Vasiliev, Los eslavos en Grecia (Vizantiiski Vrcmennik, t. V, 1898, p. 416-438, en ruso). Sobre el siglo IX, F.” Dvornik, I.os eslavos, Bizancio y Roma en el siglo IX (París, 1926), P- 41-45•

(5) Se hallará un capítulo muy interésenle sobre la importancia de las Actas de San Demetrio en H. Gelzer, Die Génesis der byzantinischen Themenvefaassung (Leipzig, 1899), página 42-64. V. O. Tafrali, Thessalonique des origines au XIV siecle. (París, 1919), p. 101.

Los sabios han discutido a menudo la originalidad de la teoría de Fallmerayer, cuya opinión, en rigor, no era una novedad. Ya antes de él se había hablado del influjo eslavo en Grecia. Fallmerayer se redujo a expresar su opinión de manera directa y tajante. Hace poco un sabio ruso ha expuesto el criterio de que el verdadero instigador de la teoría de Fallmerayer fue el eslavista Kopitar, sabio vienes del siglo XIX. Kopitar desarrolló en sus escritos la idea de que el elemento eslavo había tenido importante papel en la formación de la nueva nación griega. En verdad, Kopitar no profundizaba con detalle su teoría, porque no deseaba emitir una paradoja anticientífica y chocar a sus contemporáneos. (1)

“Las proposiciones extremas de la teoría de Fallmerayer — dice Petrovski — no pueden hoy defenderse, después del profundo estudio que se ha hecho del problema; pero la teoría en sí, expuesta por el autor de manera tan armoniosa y aguda, merece con buen derecho atraer la atención de los mismos historiadores que 110 admiten esa teoría en su integridad o parcialmente.” (2) Y, de hecho, tal teoría, a pesar de sus evidentes exageraciones, ha cumplido una gran misión en la ciencia histórica, dirigiendo la atención de los sabios sobre una cuestión interesante pero no por eso obscura que es el problema de los eslavos en Grecia durante la Edad Media. Finalmente, los escritos de Fallmerayer adquieren una importancia histórica general más considerable aun si se tiene en cuenta que el autor es el primer sabio que puso su atención en las transformaciones etnográficas experimentadas en la Edad Media, no sólo por Grecia, sino por la Península balcánica en general.

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